A raíz del
artículo que me publicó La
Nación este domingo ("¿Será
culpa de los periodistas?" LN - Opinión 19/8/2012), algunas personas
me escribieron al correo electrónico, y todas decían compartir mi inquietud.
Uno de ellos, el señor José Castro, señaló en su mensaje algunas cosas muy interesantes y por esa razón transcribo parte del texto para compartirlo con usted, estimado lector (el señor Castro estuvo de acuerdo en publicarlo). Al final, no puedo yo agregar nada más. Sea usted juez:
"Usted puede ver como en las ediciones digitales de los diarios, sobre todo La Nación, se permite que todo el mundo comente las noticias, sin saber cuales son sus atestados para hacerlo. Lo mismo ocurre con las redes sociales, y habría que ver si de la misma manera se permitiría que en la edición impresa de los diarios se publique lo que todo el mundo quiera; y sobra decir que estas opiniones en los medios digitales, de gente desconocida y muchas veces con enfoques nublados por elementos distorsionadores de la verdad, como racismo, homofobia, religiosidad, fanatismo deportivo, etc., llegan a convertirse en factores decisivos en la formación de opinión popular y por ende en su toma de decisiones.
"Creo que los medios de comunicación han
caído en el error de darle una sobre relevancia a las redes sociales; esto más
por una moda que por su verdadera importancia, y han abierto con esto un
peligroso camino que puede en cualquier momento convertir a Facebook en el cuarto poder de la República.
"Nadie puede negar que las redes sociales
le han cambiado la cara al mundo y que constituyen un importante recurso para
la libre expresión y la promoción de la libertad. Pero tan dañino es la censura
como el permitir que cualquiera suba opiniones irresponsables y a veces
impensadas, más hepáticas y menos sesudas, que pueden cambiar el rumbo de un
país en un santiamén.
"El trabajo en las salas de redacción era
determinar la importancia y relevancia de las informaciones a publicar así como
su impacto y repercusión que pudiera tener su publicación. Muchas noticias no
se publicaban del todo, o no se hacía de inmediato porque podían causar más
daño que beneficio al hacerlo. El sentido de responsabilidad social del
periodista y editor y su ética pesaban en la decisión. Ahora parece que las
salas de redacción sucumbieron ante las redes sociales, y los periodistas se
han convertido en tuiteros y han renunciado a su vocación".
