lunes, 24 de diciembre de 2012

Plantando un árbol en Nochebuena

Tuve la intención de escribir algo para hoy, que es Nochebuena.

Pero hoy encontré, al buscar sobre un tema que me gusta mucho -el hesicasmo- este video.

Y me di cuenta que si tenía algo que escribir, no lo haría.

Todo lo que tenía que hacer era el compartir con usted, querido lector, a El Hombre Que Plantaba Árboles...

http://www.youtube.com/watch?v=ZSeC67YOFn8 (Seleccione y dé click derecho para abrir enlace)


Espero que usted, mi muy querido lector, recuerde en familia, al igual que yo, y aunque sea por unos instantes, la razón por la cual disfrutamos y celebramos esta noche. Y del poder que tenemos y llevamos dentro, cada uno de nosotros.


¿Qué es hesicasmo? http://mercaba.org/VocTEO/H/hesicasmo.htm





sábado, 22 de diciembre de 2012

El fin del mundo

Hoy es viernes 21 de diciembre. El fin del mundo. Mientras espero meteoritos y terremotos, inundaciones y fuego subterráneo, recibo la llamada de un amigo, a eso del medio día. Él vive en los EE.UU. -por asuntos laborales- y me sorprende su llamada, pues jamás me esperé la grata, gratísima sorpresa de que viniera a Costa Rica en estos días.

Al saludarnos, me pregunta si sé porqué está en el país. -Claro- le respondo alegre, -para celebrar, para festejar, para disfrutar los días festivos de navidad y fin de año.- Pero me deja frío con su respuesta:

-Papi se nos murió antier.-

-¿Qué?-

Don Claudio, cliente de nuestra oficina, a quien mes a mes le cobrábamos la póliza, ya no está entre nosotros. Don Claudio, ese señor jovial de 69 años, especial como pocos, se fue. Don Claudio, esposo, papá y abuelo cariñoso, murió sobre un escenario de complicaciones inesperadas, en menos de 15 horas.

-¿Qué?-

Mil preguntas inundan mi cabeza. Mil se quedarán sin responder.

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Son las 7 de la noche. Vengo camino a casa, pero el sentimiento hace que tome otra ruta. Decido desviarme, hacia la casa de don Claudio y doña Eugenia, esperanzado en encontrar a alguien para dar el pésame.
Al ingresar, hay un rezo con varias señoras, todas muy devotas. Doña Eugenia no está entre ellas, sino separada, sentada en la mesa; su hija, cerca pero lejos -sentada en las gradas que van hacia el segundo piso- sollozando; y al fondo, a oscuras, escuchando en silencio, los dos hijos mayores.

Ellos son de esas pocas familias a quienes puedo señalar como ejemplares. Tengo 28 años de conocerlos y son personas, todas ellas, a quienes quiero, respeto y admiro mucho.

Y verlos en shock me duele en el alma.

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El vacío de perder a un ser querido, tan querido de verdad, no se llena fácilmente. Por la sencilla razón de que no se puede llenar. Se aprende, con el tiempo, a sobrellevar ese vacío mientras seguimos adelante con nuestras vidas. El cultivo serio y sobrio de la fuerza espiritual y emocional ayuda en este proceso.

Y yo quisiera ayudarles a superar rápidamente el dolor que les embarga. Pero sé que es imposible. Cada quien avanzará a su ritmo, viviendo a partir de mañana, una nueva vida, una nueva era, una nueva etapa para valorar lo que tienen, que es además, lo más valioso que alguien pueda tener: la unión familiar.

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Mientras rezan los demás misterios, los miro, a cada uno de ellos de reojo y me contagio de su dolor.

Y me doy cuenta, al ponerme en sus zapatos y recordar el amor que todos ellos le tenían a don Claudio, que para ellos, hoy se siente como el fin del mundo.