Hoy es viernes 21 de diciembre. El fin del mundo. Mientras espero meteoritos y terremotos, inundaciones y fuego subterráneo, recibo la llamada de un amigo, a eso del medio día. Él vive en los EE.UU. -por asuntos laborales- y me sorprende su llamada, pues jamás me esperé la grata, gratísima sorpresa de que viniera a Costa Rica en estos días.
Al saludarnos, me pregunta si sé porqué está en el país. -Claro- le respondo alegre, -para celebrar, para festejar, para disfrutar los días festivos de navidad y fin de año.- Pero me deja frío con su respuesta:
-Papi se nos murió antier.-
-¿Qué?-
Don Claudio, cliente de nuestra oficina, a quien mes a mes le cobrábamos la póliza, ya no está entre nosotros. Don Claudio, ese señor jovial de 69 años, especial como pocos, se fue. Don Claudio, esposo, papá y abuelo cariñoso, murió sobre un escenario de complicaciones inesperadas, en menos de 15 horas.
-¿Qué?-
Mil preguntas inundan mi cabeza. Mil se quedarán sin responder.
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Son las 7 de la noche. Vengo camino a casa, pero el sentimiento hace que tome otra ruta. Decido desviarme, hacia la casa de don Claudio y doña Eugenia, esperanzado en encontrar a alguien para dar el pésame.
Al ingresar, hay un rezo con varias señoras, todas muy devotas. Doña Eugenia no está entre ellas, sino separada, sentada en la mesa; su hija, cerca pero lejos -sentada en las gradas que van hacia el segundo piso- sollozando; y al fondo, a oscuras, escuchando en silencio, los dos hijos mayores.
Ellos son de esas pocas familias a quienes puedo señalar como ejemplares. Tengo 28 años de conocerlos y son personas, todas ellas, a quienes quiero, respeto y admiro mucho.
Y verlos en shock me duele en el alma.
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El vacío de perder a un ser querido, tan querido de verdad, no se llena fácilmente. Por la sencilla razón de que no se puede llenar. Se aprende, con el tiempo, a sobrellevar ese vacío mientras seguimos adelante con nuestras vidas. El cultivo serio y sobrio de la fuerza espiritual y emocional ayuda en este proceso.
Y yo quisiera ayudarles a superar rápidamente el dolor que les embarga. Pero sé que es imposible. Cada quien avanzará a su ritmo, viviendo a partir de mañana, una nueva vida, una nueva era, una nueva etapa para valorar lo que tienen, que es además, lo más valioso que alguien pueda tener: la unión familiar.
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Mientras rezan los demás misterios, los miro, a cada uno de ellos de reojo y me contagio de su dolor.
Y me doy cuenta, al ponerme en sus zapatos y recordar el amor que todos ellos le tenían a don Claudio, que para ellos, hoy se siente como el fin del mundo.