viernes, 28 de septiembre de 2012

Hombre

Calles que no sé adónde me conducen. 
A veces me sorprenden; a veces me confunden; a veces me engañan.
Sentimientos que juegan con mi propio ser.
Sentimientos que varían día con día. 
Sentimientos que me dominan. 
Ideas que confunden.
Ideas que convencen.
Y ellos.
Los cartujos.
¿Porqué?

Eso que me hace cantar.
Y la música que me alegra el corazón. 
Es la música que me hace llorar.
El niño de dos años: Confía. Sabe. Se entrega. Exige. Ríe y llora. Es feliz. Es él mismo.
Mujeres que siendo ya mujeres, sufren porque piensan que siguen siendo niñas.
Hombres que siendo ya hombres, hieren porque juegan como si fueran niños.
El amigo que da su nombre. Pero no su cara.
El amigo que da su mente. Pero no su nombre.
El amigo que no es.
El amigo que no confía. No me conoce. 
Hasta que confíe.
Cuanto tiempo perdido.

El recuerdo de música nostálgica.
La recuerdo para sentirme feliz. 
Para sentirme mal.
Es la música que me hace llorar.
La máscara del conocido. 
La máscara del amigo.
Mi máscara. 
Hoy te quiero. Mañana te olvido. 
El beso. 
El abrazo.
El sentimiento que emociona. Que da vida. 
El abrazo que supera al beso.

El corazón noble. El corazón bueno. 
El corazón que nadie ve pese a estar ahí.
Tan bello. Tan radiante. Tan invisible.
Y la disciplina. 
Del trabajo. Del amor. Del deporte. De la salud. 
Del aprendizaje. Del sexo. Del dolor. De la soledad. 
De la oración. De la emoción contenida. De la máscara.
Quiero ser un niño de dos años.
Quiero ser tu amigo.
Hombres que sufren como hombres.
Mujeres que sufren como mujeres.
Nadie me comprende.
¿Alguien te comprende?

La voz que me dice que no pida ayuda. 
El tiempo me da la razón.
Hay que recuperar el tiempo perdido.
No queda mucho.
Nunca tenemos tiempo.
Y las curvas.
Te deseo.
Y yo, ¿te gusto al menos?
¿Existo?
Sonrío.  
Me estoy haciendo viejo.
Pero creo que no.

El silencio entre dos amigos. 
Es cuando se alcanza la madurez plena.
Me callo para no decirte lo que pienso.
Te escucho. Y no decís palabra.
La voz que dice que me calle. 
La voz que me habla siempre.
La voz me dice que existo.
Aunque no me da esperanza.
Pero sí fuerza.
Y el corazón que grita. Sin voz.

Sin vos, ¿quién soy?
Nadie.
Soy como quiero ser.
Lo tengo todo.
No tengo nada.
Te amo.
No tengo dos años.
La mirada. 
La sonrisa. 
La belleza interior.
Las palabras que no se dicen.
La conexión.
Tu mirada.
Tu sonrisa.
Personas que son como calles. 
A veces sorprenden; a veces confunden; a veces engañan.

Hay palabras que deben decirse.
Para ser amigos.
Para ser auténticos.
Para el amor.
Para ser.

----***-----
Soy hombre , he nacido,
tengo piel y esperanza.
Yo exijo, por lo tanto,
que me dejen usarlas.
No soy dios: soy un hombre
(como decir un alga).
Pero exijo calor en mis raíces,
almuerzo en mis entrañas.
No pido eternidades
llenas de estrellas blancas.
Pido ternura, cena,
silencio, pan, casa...

Soy hombre, es decir,
animal con palabras.
Y exijo, por lo tanto,
que me dejen usarlas.


Pablo Neruda

sábado, 15 de septiembre de 2012

Mi recuerdo del desfile - 15 de setiembre de 1983

Cuando era un niño, tuve la oportunidad de pertenecer a la banda de la escuela. No teníamos muchos instrumentos, más allá de cinco tambores, un bombo y dos liras. Ah si, y un par de triángulos. Yo mismo, que no era talvés el mejor de los niños tocando un tambor (no sé ahora, pero antes le llamábamos redoblante), terminé siendo el 'capitán' de la banda, por lo que me correspondía liderar al grupo de chiquillos.
Tres cosas afectaban nuestro desempeño: iniciamos prácticas apenas un mes antes del 15 de setiembre y si acaso media hora al día; quienes pertenecíamos a la banda no éramos necesariamente niños con atributos musicales especiales; y, a 'Charlie' Jose, quien era por mucho el mejor niño de la escuela tocando el tambor, no le permitieron permanecer en la banda y no precisamente por sus buenas calificaciones.
Probablemente por esas limitaciones, que uno como niño no ve, fue que el profesor de música nos hizo aprender únicamente cuatro ritmos. A mí me parecían sencillos e insuficientes. Pero ahora que escribo ésto, me doy cuenta que mientras que yo ya tenía 12 años, tenía compañeros en la banda de 11, 10 y 9 años. A esas edades, dos o tres años de diferencia significan enormes abismos en el aprendizaje y la exigencia que se puede ejercer entre un niño de 12 y otro de 9. Y debo imaginar que a algunos de ellos, por ser más pequeñitos, seguramente sí se les hubiese dificultado el memorizar más ritmos. Aunque siempre queda la duda de qué tanto puede ofrecer un niño si está motivado y se le insta a practicar con ganas y con esmero.
De lo que no hay duda es que las liras salvaban la tanda. Mis compañeras de seguro se escuchaban mejor que los tambores. Las liras le dan a los desfiles esa 'dulzura' auditiva a la audiencia que les escucha. Lo cierto es que tratábamos de combinar frecuentemente la participación de todos pues aunque fuésemos o no habilidosos, nadie podía ser excluído de participar.
Recuerdo que una o dos semanas antes del desfile, salimos a las calles a practicar. Al igual que ahora, se debe ensayar con los grupos que conforman la representación de la escuela (bastoneras, escolta, abanderados, banda, etc.), el avanzar todos marchando con el mismo paso, en orden, en filas, en línea, en fin...Eso era divertido pues para empezar uno salía de clases antes de tiempo y 'escapaba' del rigor del aula por un buen rato. Pero estas prácticas, no merecen ninguna comparación con la realidad del día del desfile.
Tuve la suerte de cursar la primaria en la Escuela St. Joseph's en Moravia. (Quiero comentarle, estimado lector, que a diferencia del uniforme tradicional -camisa blanca y pantalón o enagua azul- nosotros éramos conocidos los 'bomberitos' pues el uniforme era rojo...¡qué tan cool...!). Si mal no recuerdo, la idea era desfilar sobre la calle principal de Moravia que va de norte a sur, desde donde se encuentra hoy Sykes (antes INDICA) hasta el estadio Pipilo Umaña (es decir, de sur a norte). Pero para llegar a INDICA, teníamos que ascender una empinada cuesta de aproximadamente 700 metros. Y a diferencia de hoy, en que ubican a las escuelas en campos específicos al iniciar el desfile, en 1983 decidieron que teníamos que salir marchando desde la escuela hasta el punto de salida.
Le aseguro, estimado lector, que a media cuesta, todos estábamos fundidos. Yo, derretido. El sol era ensordecedor y en nuestro caso, desfilábamos con camisa de manga larga y guantes blancos. Yo además, por ser capitán, llevaba bufanda y boina. Fue un laaaaargo día: iniciamos el desfile a las 8 de la mañana y finalizamos hasta pasado el medio día, luego de ingresar al estadio.
Esos sacrificios se recuerdan con alegría, como experiencias únicas de la niñez y adolescencia que enriquecen los recuerdos de nuestro pasado. Imagino que muchos, casi todos, tenemos algún recuerdo de los desfiles del 15 de setiembre.
Y yo, lo que con más emoción recuerdo, fue cuando el profe de música me dejó quitarme los benditos guantes blancos que no me permitían agarrar bien los bolillos para tocar con todas mis fuerzas el redoblante de capitán de la banda. No sé por donde quedaron tirados...




jueves, 6 de septiembre de 2012

¿Me merecía una cachetada?

Lo cierto es que pese a mi ocurrencia de esconderme detrás de un libro, no fue suficiente. Me había visto. De reojo veía como la sombra avanzaba horizontalmente sobre la isla de libros que tenía frente a mí. Sabía que venía a buscarme. Instintivamente comencé a caminar hacia el lado opuesto, sin percatarme de que las luces  se reflejaban de forma invertida. Por no levantar la mirada sobre el libro que me servía de escudo, me la topé frente a frente.

Me miró. Me sentí observado. Sabía que lo que vendría a continuación era un reclamo aireado; cuando menos, una cachetada. ¿Qué había yo hecho para merecer el desprecio público de una mujer de 50 años? En ese momento, sabía que lo que fuese a pasar, lo tenía merecido. Pero algo dentro mío gritaba que no. Que no lo merecía. Algo en mí clamaba inocencia.

1997

Cuando una mujer tiene 35 años, tiene la edad perfecta. Suena cliché, lo sé. Pero me atrevería a decir -es mi percepción personal- que todas alcanzan la madurez plena a esa edad. La libertad. La solvencia mental, emocional y física que les permite ser. De los hombres no hablo pues para ser sincero, es difícil encontrar alguno que sea lo suficientemente maduro como para considerarlo. Y si así fuera, sería una excepción. Sin importa la edad -y pueden hacer el experimento-, cuando a un hombre se le acorrala y cuestiona, reacciona titubeante, inseguro, inmaduro. Como un niño. Las mujeres son otra cosa. Desde niñas ya son plantadas y exigentes. Tienen un temple que les permite subsistir en esta sociedad moderna. Una sociedad más exigente y acusadora para ellas, que para nosotros los hombres.

Ella, la mujer que les comento, tenía 35 cuando la conocí. Fue cuando por primera vez me di cuenta de lo que significaba la palabra mujer.

Yo, de apenas 26 años, me interesaba únicamente en mujeres que tuviesen máximo, mi misma edad. A mí me interesaban solo las que eran menores. Pero jamás, de mayor edad.

Ella, siempre con vestidos, siempre con perlas, siempre con tacones. Al inicio, lo admito, me chocaba. Odiaba las perlas. Pero me inquietaba. Me ponía nervioso. Sigo preguntándome porqué, cada vez que la veía, sonreía. Siempre he creído ser un hombre controlado y seguro de mí mismo. Pero no con ella. No podía. ¿O es que ella me convertía en otro 'yo'? Ese yo, yo no lo conocía. Era nuevo. Tan nuevo como la emoción que sentía dentro y me descontrolaba.

Ella, era callada. De semblante tranquilo y seguro. Se le veía imperturbable.

Y de cabello oscuro. Ondulado. No mucho, pero sí a veces. Y a veces lacio.

Y su educación. Luego supe que era una mujer preparada, de esas que al graduarse reciben, ante el asombro de la audiencia e inclusive de sus amigos y familiares, el reconocimiento por tener las máximas calificaciones a lo largo de toda la carrera. Tan hábil en el manejo de personas y de natural liderazgo, que inclusive logró convertirse en presidente de su colegio, cuando eso de poner a las mujeres en el poder, no existía aún.

Y yo, mientras más conocía de su seguridad, más inseguro me sentía; pero al mismo tiempo más me atraía.

Y su belleza. Una belleza para mí, nunca antes vista. Una belleza diferente. Una belleza especial, primaveral. Cada día que la veía me preguntaba porqué sentía como si fuera la primera vez que la veía. Como si mi cerebro no pudiera guardar imágenes ni recuerdos de ella. El impacto que sufría mi ser, en esos días en que yo conocí a esta mujer, afectaría para siempre mis gustos. De porrazo desaparecieron las adolescentes y las muchachitas. A partir de ese momento y hasta el día de hoy, 15 años después, una mujer para mí significa muchas cosas, pero sobre todo, edad y madurez. Porque solo con estas dos condiciones, una mujer puede exudar belleza. Me refiero, claro está, a esa belleza que traen dentro.

Y sus curvas.

Y yo, ¿Qué hice para merecer el reclamo y la cachetada en la librería?

Pregúntenle a ella...


sábado, 1 de septiembre de 2012

Cuando se es patriota

Hoy que inicia el mes en que celebramos nuestra independencia, vale la pena repasar el concepto básico de 'patriotismo'. Escrito en otro contexto, este artículo invita de por sí, a considerar con claridad, todas esas cosas que tenemos a nuestro alrededor y que nos hacen ticos. Y de las cuales debemos sentirnos orgullosos. (Patriotismo, no nacionalismo; La Nación - 28/11/10).
 
No cabe duda que las reacciones en torno al tema de la invasión a suelo costarricense por parte del ejército nicaragüense, han generado posiciones de toda índole. La idea es aclarar la diferencia entre patriotismo y nacionalismo, pues la confusión ha permitido a los apátridas atacar con señalamientos nacionalistas al resto de ciudadanos, creando en muchos casos sentimientos de culpa por ser, al fin y al cabo, patriotas.
Por definición, patriotismo implica ese afecto especial que tiene uno por su país; un sentido de identificación personal con el país, sus símbolos patrios y valores cívicos, así como con sus compatriotas; una preocupación especial por el bienestar del país; y finalmente, una disposición de sacrificio para promover el bienestar del país. Todas las frases anteriores están implicadas entre sí, y unidas por el ‘afecto especial’, que dicho de otra forma, es el amor que uno siente por la patria. Este amor, claro está, se ve exaltado cuando el país logra méritos a nivel internacional o sus compatriotas logran éxitos (Nery Brenes, por ejemplo); pero se avergüenza si el país o un compatriota cometen un delito o crimen.
De ahí que podríamos decir que, una persona reflejará su patriotismo en el tanto sienta orgullo por lo que su país ha logrado y representa, por que se relaciona de algún modo con el pasado del mismo y porque sabe, que pese a su individualidad, puede ser parte de la construcción de un mejor futuro, a sabiendas de que dicha tarea lo hará ser parte también de otros patriotas como él.
Nacionalismo. Dice Sir John Acton, que la diferencia entre nacionalismo y patriotismo radica en que el primero es emoción e instinto, mientras que el segundo es una postura moral. De ahí que el nacionalismo es la relación que siente la persona con su raza, mientras que el patriotismo es la conciencia de que se tienen deberes morales en la comunidad a la que se pertenece. Nacionalismo es poder, y por eso vemos ejemplos claros de individuos que se sumergen de cabeza bajo la excusa del nacionalismo, para alcanzar a toda costa poder y prestigio individual (Chaves, Ortega, Castro). Patriotismo es la inclinación o apego a un lugar, el cual da una vida que uno piensa es la mejor, sin querer imponérsela a los demás. Nacionalismo es pensar que mi país es el mejor del mundo. Patriotismo es pensar que a mi país lo amo, pese a sus defectos.
Pertenencia. Es indispensable para el ser humano pertenecer a algo. Desde siempre, el hombre ha protegido a su familia y seres queridos. Son lo más importante para él, pues él pertenece a ellos, a ese grupo familiar. Así, fundó pueblos y comunidades, a las cuales también pertenecía, y finalmente, en el mundo moderno, devinieron los países. Es entonces una falacia, negar que se pertenece a un país, o comunidad o familia. Podría no gustarnos, pero no lo podemos negar. Por otra parte, y como lo mencioné en un artículo anterior (Soberanía en el Siglo XXI, 15/7/10), no es posible pensar que se puede vivir aislado en pleno siglo XXI, sin cooperación internacional ni relaciones interdisciplinarias a nivel político, económico, cultural y social. Somos parte de un mundo globalizado y nuestras conciencias deben apuntar hacia un bienestar generalizado. Es la ruptura de fronteras y el acercamiento con los hermanos de otros países lo que nos da también el sentido de pertenencia a este, nuestro mundo.
Pero decir que se defiende la igualdad humana, mientras se atacan los símbolos patrios no pareciera tener lógica entre quienes pertenecen a un país. Esto solo tendrá cabida en las mentes de quienes no valoran su patria ni pertenecen a nada. Pues no valoran lo que le deben a otros por sus afrentas pasadas, según lo que la historia nos ha enseñado; ni entenderán de los daños que el país pudo haber ocasionado y por los cuales nos debemos esforzar por reparar, ya que no pertenecen ni a él ni a ningún otro país; ni sentirán nunca la gratitud por lo que tienen, pues hoy ya no hace falta hacer sacrificios.
Gobierno, civismo y estadio. La presidenta Chinchilla, el canciller Castro y nuestro representante ante la OEA, don Enrique Castillo, todos han hecho comparecencias sensatas, acordes con la situación y han mostrado ante todo, un claro concepto de lo que es civismo: tolerancia, convivencia y respeto, hacia el pueblo nicaragüense y hacia el ordenamiento jurídico internacional. Fundamentan sus argumentos sobre la democracia, y a fin de cuentas, no hay pilar más fuerte que éste cuando se trata de demostrar al mundo el abuso y el irrespeto al que estamos todavía expuestos. Nosotros, como pueblo, debemos apoyar la posición del gobierno, esto es, apoyar la gestión diplomática a sabiendas de que Costa Rica está haciendo lo correcto.
 
 
De igual forma, los valores cívicos, esos que nuestros maestros nos enseñaron cuando éramos niños, y los símbolos patrios (la bandera, el escudo, el pabellón nacional, la guaria morada, el árbol de Guanacaste, el yigüirro, la carreta típica, el venado de cola blanca y los himnos) debieran ser respetados por todos. Y pese a que es cierto que el Himno se utiliza en algunos estadios para enarbolar la bandera de algún equipo en particular, lo cierto es que quien ha vivido la emoción de ir al estadio cuando juega la Sele, con la camiseta roja sobre el pecho, al entonar el Himno Nacional, sabe lo que significa estar rodeado de otros compatriotas orgullosos de su país. Puede que se den casos de violencia. Es inevitable. Pero la mayoría, yo diría, son patriotas.
Como costarricense debo admitir, que no puedo esperar a que la Sele juegue su primer partido en el nuevo Estadio Nacional, y poder llevar a mi hijo para que, vistiendo su camisa roja, pueda vivir la emoción de ver jugar al equipo de su país, aunque sea malito; a que experimente la sensación de pertenencia, a la afición; y a entonar junto con otros miles de costarricenses, el Himno Nacional.
Himno, que no aprendió en un estadio. Se lo enseñaron en la escuela.