Lo cierto es que pese a mi ocurrencia de esconderme detrás de un libro, no fue suficiente. Me había visto. De reojo veía como la sombra avanzaba horizontalmente sobre la isla de libros que tenía frente a mí. Sabía que venía a buscarme. Instintivamente comencé a caminar hacia el lado opuesto, sin percatarme de que las luces se reflejaban de forma invertida. Por no levantar la mirada sobre el libro que me servía de escudo, me la topé frente a frente.
Me miró. Me sentí observado. Sabía que lo que vendría a continuación era un reclamo aireado; cuando menos, una cachetada. ¿Qué había yo hecho para merecer el desprecio público de una mujer de 50 años? En ese momento, sabía que lo que fuese a pasar, lo tenía merecido. Pero algo dentro mío gritaba que no. Que no lo merecía. Algo en mí clamaba inocencia.
1997
Cuando una mujer tiene 35 años, tiene la edad perfecta. Suena cliché, lo sé. Pero me atrevería a decir -es mi percepción personal- que todas alcanzan la madurez plena a esa edad. La libertad. La solvencia mental, emocional y física que les permite ser. De los hombres no hablo pues para ser sincero, es difícil encontrar alguno que sea lo suficientemente maduro como para considerarlo. Y si así fuera, sería una excepción. Sin importa la edad -y pueden hacer el experimento-, cuando a un hombre se le acorrala y cuestiona, reacciona titubeante, inseguro, inmaduro. Como un niño. Las mujeres son otra cosa. Desde niñas ya son plantadas y exigentes. Tienen un temple que les permite subsistir en esta sociedad moderna. Una sociedad más exigente y acusadora para ellas, que para nosotros los hombres.
Ella, la mujer que les comento, tenía 35 cuando la conocí. Fue cuando por primera vez me di cuenta de lo que significaba la palabra mujer.
Yo, de apenas 26 años, me interesaba únicamente en mujeres que tuviesen máximo, mi misma edad. A mí me interesaban solo las que eran menores. Pero jamás, de mayor edad.
Ella, siempre con vestidos, siempre con perlas, siempre con tacones. Al inicio, lo admito, me chocaba. Odiaba las perlas. Pero me inquietaba. Me ponía nervioso. Sigo preguntándome porqué, cada vez que la veía, sonreía. Siempre he creído ser un hombre controlado y seguro de mí mismo. Pero no con ella. No podía. ¿O es que ella me convertía en otro 'yo'? Ese yo, yo no lo conocía. Era nuevo. Tan nuevo como la emoción que sentía dentro y me descontrolaba.
Ella, era callada. De semblante tranquilo y seguro. Se le veía imperturbable.
Y de cabello oscuro. Ondulado. No mucho, pero sí a veces. Y a veces lacio.
Y su educación. Luego supe que era una mujer preparada, de esas que al graduarse reciben, ante el asombro de la audiencia e inclusive de sus amigos y familiares, el reconocimiento por tener las máximas calificaciones a lo largo de toda la carrera. Tan hábil en el manejo de personas y de natural liderazgo, que inclusive logró convertirse en presidente de su colegio, cuando eso de poner a las mujeres en el poder, no existía aún.
Y yo, mientras más conocía de su seguridad, más inseguro me sentía; pero al mismo tiempo más me atraía.
Y su belleza. Una belleza para mí, nunca antes vista. Una belleza diferente. Una belleza especial, primaveral. Cada día que la veía me preguntaba porqué sentía como si fuera la primera vez que la veía. Como si mi cerebro no pudiera guardar imágenes ni recuerdos de ella. El impacto que sufría mi ser, en esos días en que yo conocí a esta mujer, afectaría para siempre mis gustos. De porrazo desaparecieron las adolescentes y las muchachitas. A partir de ese momento y hasta el día de hoy, 15 años después, una mujer para mí significa muchas cosas, pero sobre todo, edad y madurez. Porque solo con estas dos condiciones, una mujer puede exudar belleza. Me refiero, claro está, a esa belleza que traen dentro.
Y sus curvas.
Y yo, ¿Qué hice para merecer el reclamo y la cachetada en la librería?
Pregúntenle a ella...
