Todo trabajo es digno Luego, decidí dar otro paso: conversé con los jardineros que ese día atendían el Parque España para conseguir la segunda foto, y fue entonces cuando me di cuenta que esto no era solamente un asunto de fotografías. Al publicar la foto en Instagram, el hashtag #trabajodigno apareció en mi cabeza y a partir de ahí, decidí que a lo largo de la semana, intentaría acercarme a diferentes personas y convencerlas de que me permitieran suplantarles, por un instante, en su oficio. Mi padre siempre nos ha inculcado una verdad incontrovertible: que todos los trabajos son valiosos y difíciles de dominar. Por tanto, no se puede menospreciar ninguno, ni tampoco a quien lo ejecuta. Mucho menos, si la persona se esfuerza en hacerlo bien. De esta forma he sido por muy breves instantes, entre otros: carretonero, jardinero,barrendero, taxista, pulpero, lavacarros, vendedor ambulante, zapatero, vendedor de paty, fontanero, pintor de brocha gorda y zapatero
Como era de esperarse, la experiencia de las fotografías iba a darme una 'plus' adicional: la de conversar con todos ellos. Todos, son firmes en su convicción de que el trabajo que hacen les dignifica; todos, comparten y enfrentan a diario el mismo trato de parte de terceros: la indiferencia, el mal trato y el prejuicio. La gente, me comentaban, los acusa de estorbar en las aceras o calles mientras hacen su trabajo y hasta los insulta. Escuchar un "buenos días" es casi imposible. Ricardo, el zapatero, me dio el mejor ejemplo de lo que se entiende por prejuicios. Recordó el asombro de una de sus clientes, cuando lo vio llegar en carro: "¡Pero usted es el zapatero!". Su primo y colega Carlos, agrega: "Trabajo hay de sobra. Pero a los muchachos de hoy en día les avergüenzan algunos trabajos. Aunque claro, no les avergüenza pedir plata en las esquinas".
Otro testimonio valioso es el de Héctor el barrendero. Respecto a su oficio, él tiene muy claro que si todos fueran profesionales, nadie haría el trabajo que él hace. Y me señaló, que si por una semana la ciudad no recibiera limpieza de calles, caños, aceras y alcantarillas, la vida sería insoportable. Por lo tanto, él comprende lo valioso de su aporte en la sociedad. Sencilla, concreta, preclara. Así fue su explicación. Y así de grande mi admiración.
Como era de esperarse, la experiencia de las fotografías iba a darme una 'plus' adicional: la de conversar con todos ellos. Todos, son firmes en su convicción de que el trabajo que hacen les dignifica; todos, comparten y enfrentan a diario el mismo trato de parte de terceros: la indiferencia, el mal trato y el prejuicio. La gente, me comentaban, los acusa de estorbar en las aceras o calles mientras hacen su trabajo y hasta los insulta. Escuchar un "buenos días" es casi imposible. Ricardo, el zapatero, me dio el mejor ejemplo de lo que se entiende por prejuicios. Recordó el asombro de una de sus clientes, cuando lo vio llegar en carro: "¡Pero usted es el zapatero!". Su primo y colega Carlos, agrega: "Trabajo hay de sobra. Pero a los muchachos de hoy en día les avergüenzan algunos trabajos. Aunque claro, no les avergüenza pedir plata en las esquinas".
Otro testimonio valioso es el de Héctor el barrendero. Respecto a su oficio, él tiene muy claro que si todos fueran profesionales, nadie haría el trabajo que él hace. Y me señaló, que si por una semana la ciudad no recibiera limpieza de calles, caños, aceras y alcantarillas, la vida sería insoportable. Por lo tanto, él comprende lo valioso de su aporte en la sociedad. Sencilla, concreta, preclara. Así fue su explicación. Y así de grande mi admiración.
Algo que no podemos perder de vista es cómo las circunstancias que vive un niño, tienen un impacto en su vida como adulto. Héctor, quien ahora cuenta con 52 años, tuvo seis hermanos y un padre ausente. La madre trabajaba por la manutención de todos. Siendo estudiante de primaria, sentía un terrible remordimiento por estar sentado en el aula, en vez de estar al lado de su madre, ayudándola a ganarse la vida. Es decir, era tan solo un niño, pero ya consideraba injusto no poder aportar con su trabajo -el que fuera- a mejorar la calidad de vida familiar. Por eso, siempre que podía, se escapaba de la escuela y cruzaba todo San José (desde los Hatillos hasta calle 8) para ayudar a su madre a vender lotería.
Una anécdota como ninguna En otras ocasiones, haciendo las de Marcos Ramírez, se escapaba a nadar a las pozas y para que no vieran que venía escapado de la escuela, "escondía" sus cuadernos en los cafetales. Tan bien escondidos los dejaba, que luego no podía encontrarlos y llegaba a casa a decirle a su madre, que se los habían robado. Su madre entonces sacrificaba los pocos ingresos para comprarle cuadernos nuevos, algo que según me comentó Héctor, tuvo que hacer la señora, en reiteradas ocasiones.
Cuando finalmente se graduó, en 1977 de sexto grado, tenía 14 años. Su madre, orgullosa, lo miraba desde atrás mientras llamaban, uno a uno a los niños. Héctor, sin embargo, sufría enormemente y en silencio: él, era el único de los graduandos que iba descalzo a la ceremonia. No quería hacer el ridículo. Entonces, habló con el compañero que tenía sentado a su lado, y lo convenció de que le prestara los zapatos para ir a recoger su título. Luego, le dijo, volvería rápidamente para devolvérselos.
Cuando llamaron su nombre, caminó orgulloso -y con los zapatos prestados- a recoger el título. Pero al tenerlo en sus manos, sintió que el título no era suyo, sino de su madre. Corrió hacia ella y fue tal la alegría que se fueron muy contentos para la casa. Al llegar, su madre le preguntó: "Héctor, ¿y esos zapatos?" El muchacho sintió que se moría y salió corriendo de vuelta a la escuela, a devolverle a su amigo, los zapatos prestados. Al llegar, encontró a su amigo llorando desconsoladamente. Por culpa de su despiste, este amigo tuvo que recoger el título de sexto grado, descalzo, mientras todos los alumnos se burlaban de él.
Héctor me confesó que esta anécdota es para él, algo muy especial. De eso no hay duda. Sobre todo, porque cuando la recuerda, lo hace al lado de su compañero de escuela, pues al día de hoy, siguen siendo amigos...
Sí tenemos ejército Todos con quienes conversé, tienen una historia que contar. Ellos, que muchas veces son invisibilizados por los demás, son el claro ejemplo de que en Costa Rica sobra la gente buena, pues pese a que son personas que viven con muchas necesidades, jamás piensan en delinquir o robar para "ganarse la vida". Son como cualquiera de nosotros. Nosotros, como cualquiera de ellos. A diario damos nuestro mejor esfuerzo para ganarnos la vida honradamente. Hoy, cuando en nuestro país brotan por doquier los pesimistas, debemos señalarles lo más valioso que tenemos: toda esta gente buena que dignifican sus vidas y dan esperanza al país. Ellos, son cientos de miles de ticos. Ellos, son nuestro ejército.
Algo interesante es que en todos los casos, sin excepción, ninguna de las personas me pidió nunca salir en la foto. Por el contrario, se emocionaban al saber que serían ellos mismos quienes tomarían la foto. Creo que esa es la razón por la que todas las fotos fueron perfectas: ellos se asegurarían de retratar de la mejor manera -y como si fuera a ellos mismos- a quienes les estaba suplantando en el oficio.





















