jueves, 8 de abril de 2021

Video: Foro506 Paolo Araya Muñoz 18 Nov 2020

 Hace unos meses tuve la oportunidad de proyectar algunas ideas sobre los simbolismos a nivel política y cómo se proyectan en la realidad política que se vive en nuestro país. 


Agradezco a Foro506 la gentileza.

Ver:

https://www.youtube.com/watch?v=6W72v9cXgU0&t=3508s




Nuestra fragilidad política – Tres cuestiones

 

 


Las condiciones básicas de cualquier democracia moderna las podemos resumir en un sistema multipartidista, la participación universal en el sufragio, el voto secreto, la ausencia de fraude electoral y el libre acceso y participación ciudadana en los partidos políticos. Este engranaje funciona gracias al ciudadano, quien ejerciendo su soberanía y participación cívica en los distintos foros de la sociedad civil, legitima todo entramado democrático: instituciones, leyes y gobierno.

 

Nuestro modelo democrático se desarrolló y consolidó en el periodo comprendido entre 1955 – 1990, gracias a que partidos como Liberación Nacional y la Unidad (antes Republicano) impulsaron una verdadera militancia político-cívica, en donde el ciudadano aportaba su trabajo, sus ideas y proyectos eran verdaderamente escuchados, había consensos y en general, todos los militantes conocían no solo los estatutos de sus partidos, sino que defendían la ideología política que les daba cohesión y sentido de pertenencia. Una primera pregunta sería: ¿El ciudadano del siglo XXI es escuchado dentro de los partidos políticos? ¿’O existe una cúpula, una élite, un “Olimpo” únicamente accesible a los “dioses” del partido?  

Los tiempos han cambiado y la voluntad altruista del ciudadano por aportar al país se ha desvanecido por completo. El tico del siglo XXI ya no quiere involucrarse con ningún partido político. Conoce del rechazo al cual se expondría en caso de acercarse a ayudar de forma desinteresada. Sabe de los intereses egoístas detrás del esfuerzo de muchos. Su apatía al llamado cívico es tan profunda, que para el TSE resulta una epopeya homérica conseguir voluntarios dispuestos a colaborar en las mesas de votación el “Día E”. Este deterioro tendrá consecuencias nefastas para la sostenibilidad de nuestra democracia en el mediano y largo plazo si seguimos ausentándonos de las urnas.

Virtud cívica Damos por sentado que Costa Rica es un país democrático, desconociendo la realidad global, latinoamericana y regional, que nos demuestra una y otra vez cómo la democracia no es otra cosa que un frágil sistema que permite que sus enemigos muevan los hilos con tal de dar un giro al sistema de gobierno. Ante esta sincera preocupación, deberíamos recapacitar sobre el valor más importante que tiene el tico: su patriotismo cívico. Surge una segunda cuestión: ¿queda hoy algo de virtud cívica en el costarricense? 

En el escenario de la discusión política, los temas político-electorales tradicionales, tales como desarrollo humano, crecimiento económico, distribución económica, etc., han sido hoy reemplazados por temas que impactan al costarricense en su fuero más privado: sus valores y sus creencias son ahora el campo de batalla entre el bando “conservador” y el bando “progresista”. Esta división, que confunde y polariza al ciudadano común, nos lanza una tercera pregunta: ¿serán las discusiones políticas durante las elecciones del 2022, políticas o ideológicas?

 

Mientras los partidos sigan siendo controlados por élites excluyentes, los ciudadanos desincentivados cívicamente de participar en política y se siga alimentando una agenda de discusión ideológica por encima de los verdaderos problemas nacionales, seguiremos avanzando hacia un destino oscuro y un futuro sin esperanza.

 

Crisis posmoderna: Apuntes sobre cultura, política y democracia

 

Vivimos momentos en que el colapso cultural cada día se manifiesta con mayor intensidad. La creciente tendencia al uso de redes sociales ha traído una suerte de libertad de expresión perversa, en donde resulta evidente la esclavitud del individuo a los algoritmos de des-información que permean diariamente ideas contrarias a la verdad y a la razón. Esta nueva concepción de ‘verdades y razones’ ha socavado las mentes de los ciudadanos del mundo, al punto que estamos siendo testigos de una destrucción de la persona, en su núcleo más fundamental. Pertenecemos así a una sociedad cada vez más tribalizada, aislada, individualizada y abandonada a su suerte, carente de los pilares tradicionales que históricamente sirvieron al individuo para subsistir en la colectividad de su familia, su comunidad y su país.

La destrucción antropológica del individuo. La modernidad y posmodernidad nos han dejado expuestos a ideologías que lamentablemente son impulsadas por intelectuales y académicos progresistas que siguen enamorados de la Revolución del ’68 y que, cincuenta años después, alcanzaron el poder político para imponer sus ideas desde el Estado y así “resolver los problemas” que sus nefastas ideologías pretenden enmendar. Así, alcanzamos una doble manifestación de caos: por una parte, la inevitable infiltración de grupos intelectuales en el poder para modificar leyes e impulsar políticas públicas disfrazadas de buenas intenciones pero que en el fondo son, por definición, neomarxistas y que buscan la ‘deconstrucción’ antropológica de la persona; por otra, los algoritmos de redes sociales que con precisión matemática, alimentan diariamente y de forma personalizada, ideas contrarias a los valores del individuo: la cristianofobia, el rechazo a la ciencia y la biología, y la victimización como virtud, son claros ejemplos de ello.

No es casualidad entonces que la persona occidental del siglo XXI se sienta abandonada a su suerte y viva un momento de crisis personal que se manifiesta de diferentes formas, entre ellas, su incapacidad para alcanzar la felicidad pese a vivir en el mejor momento material, laboral, educativo y médico en toda la historia de la humanidad. Ante la necesidad de encontrar respuestas y soluciones a sus problemas, proyecta sus esperanzas en los políticos, los cuales, por su parte, son incapaces de resolver los problemas ‘posmodernos’, ya que éstos viven enfrascados en los temas políticos tradicionales a resolver, llámense economía, salud, educación, seguridad; y son incapaces - por no saber leer la realidad de los tiempos políticos actuales - que el ciudadano busca respuestas a nivel antropológico: biológicas, sociales, culturales e históricas.

Una democracia en riesgo. Soy de la tesis de que esta crisis antropológica, que emerge de la Academia posmoderna ha tenido un impacto en lo que los expertos denominan la “tercera ola de recesión democrática”, la cual, en los últimos 20 años, ha desatado un crecimiento de regímenes autoritarios en todo el mundo. Dicho de otra forma, la crisis del individuo precede a la crisis política; y esta circunstancia ha propiciado un escenario de dos vías, en donde por un lado existe la necesidad del individuo para resolver encrucijadas éticas que ha visto deteriorarse hasta el punto de someterse a nuevas normas sociales e inclusive leyes adversas a su moral e impulsadas por ideologías contrarias a la verdad y la razón; y por otro, la aparición de partidos populistas y / o autoritarios que, aprovechándose de la coyuntura histórica que hizo perder al ciudadano común, la fe en las instituciones y en los políticos tradicionales, prometen corregir los problemas derivados de dicha intromisión ideológica en el Estado. Un populista hábil, tendrá la mesa servida y solo requerirá de una estrategia electoral enfocada en avivar la esperanza a partir de un discurso incendiario, extremista y excluyente.

 

Estamos delante de escenarios poco analizados aún. Los sesudos criterios de pensadores de la talla de Lipset, Rustow, Przeworski, Hungtinton y Juan Linz, que planteaban el desarrollo económico, la legitimidad de las instituciones, la participación y la libertad como pilares de la democracia para evitar un colapso en los regímenes democráticos, son hoy insuficientes para prometer o proyectar la estabilidad democrática de un país.  El colapso inminente de la cultura occidental judeocristiana que se ha cultivado por al menos 50 años, está recogiendo hoy su cosecha. Y el enfoque académico debe hacer un giro sociológico.

El individuo del siglo XXI es decadente y reduccionista porque el globalismo lo convirtió en un ser vulnerable y débil. Sin esperanza, sin religión, sin familia, sin futuro, es el reflejo de una sociedad contemporánea competitiva, consumista y progresista. Delante de una realidad vacía de ritos y simbolismos, su vida carece de valor y entregará el poder a cualquiera que prometa devolverle sentido a su vida. Lo grave, sin embargo, no son los populistas, sino que como ciudadanos nos enfrentamos a un futuro incierto; a una lucha de extremos, en donde se manifestarán cada vez con más fuerza la agresividad capitalista y el socialismo tribalista.

¿Está en peligro nuestra democracia?

Vivimos en un país con una realidad ‘democrática’ que no cuestionamos; y quien lo haga, será señalado como traidor a la patria. Imagino que esta reacción deriva de aquella ‘democracia rural’ que heredamos de nuestros antepasados desde el s. XVI. Para nosotros, ser ticos es ser democráticos. Como sea, sorprende que el experto en el tema de democracia Larry Diamond, muestra con cifras y ejemplos, que desde hace 15 años vivimos una tercera ola de recesión democrática, esto es, un decrecimiento a nivel global en el total de países con regímenes democráticos. Algo impensable pero real en pleno siglo XXI.

 

Y es que el mundo sigue dando tumbos y cada pueblo, región y cultura ha tenido que escarmentar en cabeza propia, con serios desatinos y hasta catástrofes a nivel económico y social, derivadas de la incapacidad del hombre para consolidar un modelo estable que proteja al ciudadano de su propia vulnerabilidad, egoísmo e incompetencia. De hecho Siria es hoy el caso vigente que confirma lo señalado.

 

Veamos también la inestabilidad democrática en Latinoamérica de los últimos 50 años, en donde dictaduras de derecha e izquierda han subido y bajado del poder, sin que podamos señalar que exista estabilidad democrática en ningún país, con las excepciones de Costa Rica y Uruguay. Por el contrario, países como Bolivia, Ecuador, México, Perú, Brasil, Argentina, Chile y Guatemala han sufrido graves momentos de inestabilidad política, muchos de ellos con profundos casos de corrupción a nivel institucional y con el riesgo siempre latente de cúpulas, élites o fuerzas militares queriendo detentar el poder. Ni hablar de Cuba, Nicaragua y Venezuela, que merecen un capítulo aparte.

 

La cultura cívica de otras latitudes. Se podría pensar que los ciudadanos de África y Oriente Medio están acostumbrados a vivir sometidos bajo regímenes autoritarios, pero no es así. Como lo señala el Asian Barometer 2014-16, los ciudadanos de países como Argelia, Irak, Jordania, Kuwait, Marruecos, Sudán, Túnez, entre otros, sí tienen una noción clara de lo que representa la democracia. Lamentablemente, estas sociedades no tienen opciones a nivel político pues el poder lo ejercen pequeñas élites corruptas. Sumado a lo anterior, la baja escolaridad y excesiva disparidad económica impiden al ciudadano común acceder a recursos, información y medios para exigir resultados diferentes a sus gobernantes.

 

El fenómeno de la Primavera Árabe, que al día de hoy sigue sin resolver las demandas de los movimientos civiles, es un fiel reflejo de que el ciudadano anhela oportunidades, libertad e independencia, pero no tiene representatividad a nivel político; y aunque en algunos países celebran votaciones, las mismas se celebran bajo regímenes híbridos denominados “autoritarismos electorales”, cuyos gobiernos violentan las normas democráticas más elementales.

 

Los valores asiáticos Con Asia nos llevamos otra sorpresa: los valores culturales de los países asiáticos son herencia taoísta, budista y confusionista, los cuales instan a los ciudadanos a ceder el poder y las libertades individuales a aquel individuo que sea leal, piadoso y digno para dirigir los destinos de la colectividad, con lo cual se dificulta cualquier intento de instaurar la democracia como modelo político. Los asiáticos rechazan el concepto de democracia pues encuentran ilógico que los ciudadanos -seres emocionales, irracionales e incapaces - sean los responsables de elegir a sus líderes. Además, consideran que la democracia incentiva las diferencias identitarias, con lo cual se promueven los conflictos étnicos, religiosos, lingüísticos y tribales. No es de extrañar que Japón sea la única nación asiática democrática mientras que las demás, viven bajo regímenes híbridos o autoritarios.

 

Y luego tenemos el caso de China, un régimen de opresión totalitarista que confunde a los más ingenuos al mostrarse ante el mundo como un modelo económico ejemplar, mientras aplasta a su población y violenta abierta y descaradamente las libertades más fundamentales del ser humano. China por sí sola representa el mayor de los peligros para las democracias occidentales, por la forma como ha venido manejando durante los últimos 20 años, los hilos de la diplomacia global, su hábil intromisión económica en Europa, Norteamérica y Latinoamérica y en especial su absoluto protagonismo dentro de los organismos internacionales, a través de los cuales ha logrado (últimamente con bastante suceso) penetrar sin dificultad por encima de la constitución política de las naciones de Occidente, hasta imponer sus ideologías.  

 

Un detalle final En nuestro caso particular, resultaría inaceptable como país, permitir a nivel diplomático y político la injerencia extranjera ya sea de naciones o de organismos que atenten contra nuestra soberanía, nuestros valores y pretendan pisotear nuestra Constitución. Dicho de otra forma, coquetear voluntariamente con fuerzas totalitaristas y ajenas a nuestra idiosincrasia y cultura de paz, jamás será una buena idea.

 

Haciendo un análisis comparativo a nivel global, Costa Rica sobresale por pertenecer a una categoría de consolidación democrática denominada “democracia liberal”. En nuestro país, el ciudadano manifiesta su autoridad a través de lo que se denomina soberanía popular, con la cual ejerce control sobre los gobernantes y su gestión (vertical accountability) para que gobiernen con efectividad. Simultáneamente el entramado institucional permite dispersar el poder, disminuye el riesgo de corrupción en la función pública y permite la competencia entre entidades e instituciones (horizontal accountability).

 

De una forma natural, el tico goza de la libertad de expresión, de prensa, de asociación, movimiento, pensamiento, credo, religión, lenguaje, e inclusive la libertad de manifestarse o protestar pacíficamente sin que por ello tenga represalias estatales ni políticas. La cultura cívica del costarricense se manifiesta a través del ciudadano que cree en la legitimidad del sistema democrático, que es leal a la Constitución Política, que conoce sus deberes y obligaciones como ciudadano, que participa del proceso electoral y respeta siempre su desenlace; que cuestiona pero respeta a la autoridad y que condena actos de intolerancia y violaciones a las normas constitucionales.

 

Solo hay un detalle: ¿realmente participa el costarricense del proceso electoral? ¿Usted qué piensa? Será tema para un futuro artículo.

 

La deconstrucción de Costa Rica


Larry Diamond, profesor emérito de la Universidad de Stanford, imparte un curso llamado “Condiciones en el desarrollo de la Democracia”, en el que hace referencia a las condiciones básicas de cualquier democracia moderna: un sistema multipartidista, la participación universal de adultos en el sufragio, el voto secreto, la ausencia de fraude electoral y el libre acceso y participación ciudadana en los partidos políticos. El elemento trascendental que le da legitimidad es la virtud cívica del ciudadano, de modo que el entramado democrático (instituciones, leyes y gobierno), está sustentado sobre tres pilares: la soberanía popular, la participación ciudadana y la sociedad civil.

 

Si repasamos la efectividad con la que nuestro modelo democrático en la Costa Rica se desarrolló y consolidó en el periodo comprendido entre 1955 – 1990, veremos que no fue casualidad. Dicho de otra forma, si hace 60 años, usted se acercaba con intenciones de ser partidario y militante de partidos como Liberación Nacional o Unidad (antes Republicano), debía conocer tanto sus estatutos como la ideología política ya que esto le daba cohesión y sentido de pertenencia. Un sistema democrático consolidado, sumado a la transparencia de los partidos políticos, es lo que impulsa al ciudadano a involucrarse en procesos políticos para aportar con ideas y trabajo.


Pero los tiempos cambian y la voluntad altruista del ciudadano por aportar al país se ha desvanecido por completo. El tico del siglo XXI ya no quiere involucrarse con ningún partido político. Su apatía al llamado cívico es tan profunda, que para el TSE resulta una epopeya homérica conseguir voluntarios dispuestos a colaborar en las mesas de votación el “Día E”. Aunque todavía no lo podamos ver ni proyectar, este deterioro paulatino tendrá consecuencias nefastas para la sostenibilidad de nuestra democracia en el mediano y largo plazo si seguimos ausentándonos de las urnas. Damos por sentado que Costa Rica es un país democrático, desconociendo la realidad global, la latinoamericana y la regional, que nos demuestra cómo la fragilidad del sistema permite que los enemigos de la democracia muevan los hilos de un país para dar un giro al sistema de gobierno. Ante esta sincera preocupación, deberíamos recapacitar sobre el valor más importante que tiene el tico: su patriotismo cívico. Pero, ¿queda hoy algo de virtud cívica en el costarricense? 


La deconstrucción. En el año 1991, el sociólogo de la Universidad de Virginia, James Davison Hunter publicó un libro llamado: “Culture Wars – The Struggle to Define America”. En él señalaba que temas como el aborto, el control de armas, el Estado laico, el matrimonio igualitario, la legalización del consumo de drogas, etc., habían tomado el escenario de la discusión política, haciendo a un lado los temas político-electorales tradicionales: desarrollo humano, crecimiento económico, distribución económica, etc. Ahora, estos nuevos parámetros definen la afiliación política basados en las convicciones morales del ciudadano. Tal fue el impacto de esta idea, que durante la Convención Republicana de 1992, el ex candidato presidencial Pat Buchanan fundamentó su discurso de apoyo al candidato electo George H.W. Bush basándose en las ideas de Davison Hunter y sentenciando que la "guerra cultural” no solo era una realidad sino que culpaba al Partido Demócrata de impulsar una agenda que no era política sino ideológica. El objetivo, era y sigue siendo la deconstrucción de los valores culturales y morales de Occidente.

 

Esta corriente filosófica que inició a finales de los años sesentas bajo la tutela de filósofos tales como Lyotard, Foucault y Derrida, busca derribar los pilares de la cultura occidental judeocristiana. El fenómeno de polarización social que viven los países incluyendo Costa Rica son muestra de este esfuerzo intelectual e ideológico que se ha manifestado en la academia, la política y los medios. A nivel político, basta repasar las últimas dos elecciones presidenciales de nuestro país, que han estado enfrascadas en discusiones de carácter moral y alejadas de los problemas estructurales que nos afectan como nación. Pero cuidado: que esto no es solamente un fenómeno electoral. La guerra cultural permea en todos los ámbitos y por eso a diario vemos una creciente polarización en redes sociales, en donde se manifiesta un profundo conflicto moral que divide a las personas en colectivos que se agrupan según sus valores: conservadores y progresistas, ateos y creyentes, pro vida y pro aborto, “zurdos” y “fachos”, marxistas y capitalistas, etc.

 

Dos retos. Este debate de “economía versus cultura” es la realidad del siglo XXI en nuestros países. Localmente, los diputados de oposición y el Gobierno han vivido distraídos por años y han sido incapaces de trazar una línea clara para la atención de los verdaderos problemas.  Más aún, nuestros partidos políticos, carentes de intelectuales y pensadores que exijan al gobierno de turno implementar un programa de trabajo, han sido incapaces de negociar e implementar un proyecto-país que nos dé algo de esperanza. Citando de nuevo a Larry Diamond,  la cultura política se define como “la forma como las personas evalúan a los políticos y su propio rol en el sistema político”. Pero acá, los ciudadanos ya no se involucran y los partidos no son otra cosa que cascarones vacíos, maquinarias electorales de poca monta. Por eso, el peligro en el que vivimos es latente.

 

Ante esta realidad, tenemos dos grandes retos: Primero, exigir a la casta política que abra los ojos y despierte ante esta realidad de deconstrucción cultural global que domina la discusión política de los países de Occidente; y lo segundo, ser precavidos, ya que mientras la decepción y la frustración social sigan avanzando, se seguirán sentando las bases para fraguar un estado de crisis que podría llevar al ciudadano, en el mediano o largo plazo a considerar otras opciones alternativas a la democracia liberal. A falta de 14 meses para elegir al futuro presidente de Costa Rica, el diagnóstico previo nos desnuda. Urge iniciar un proceso electoral inteligente y transparente que permita conocer de los partidos, sus candidatos y sus propuestas. Si no atacamos este problema político-estructural a tiempo, el desinterés en el proceso electoral se profundizará aún más y el ejército de compatriotas desencantados con la política seguirá reclutando más y más ciudadanos a sus filas. Recordemos que en las últimas elecciones, la tasa de abstencionismo alcanzó una cifra récord de 33.8%. Ya no nos podemos dar el lujo de mirar hacia otra parte.