Larry Diamond, profesor emérito de la Universidad de Stanford, imparte un curso
llamado “Condiciones en el desarrollo de la Democracia”, en el que hace
referencia a las condiciones básicas de cualquier democracia moderna: un
sistema multipartidista, la participación universal de adultos en el sufragio,
el voto secreto, la ausencia de fraude electoral y el libre acceso y
participación ciudadana en los partidos políticos. El elemento
trascendental que le da legitimidad es la virtud cívica del ciudadano, de modo
que el entramado democrático (instituciones, leyes y gobierno), está sustentado
sobre tres pilares: la soberanía popular, la participación ciudadana y la
sociedad civil.
Si repasamos la efectividad con la que nuestro modelo democrático en la
Costa Rica se desarrolló y consolidó en el periodo comprendido entre 1955 – 1990,
veremos que no fue casualidad. Dicho de otra forma, si hace 60 años, usted se
acercaba con intenciones de ser partidario y militante de partidos como
Liberación Nacional o Unidad (antes Republicano), debía conocer tanto sus
estatutos como la ideología política ya que esto le daba cohesión y sentido de
pertenencia. Un sistema democrático consolidado, sumado a la transparencia de
los partidos políticos, es lo que impulsa al ciudadano a involucrarse en
procesos políticos para aportar con ideas y trabajo.
Pero los tiempos cambian y la voluntad altruista del ciudadano por aportar al
país se ha desvanecido por completo. El tico del siglo XXI ya no quiere
involucrarse con ningún partido político. Su apatía al llamado cívico es tan
profunda, que para el TSE resulta una epopeya homérica conseguir voluntarios dispuestos
a colaborar en las mesas de votación el “Día E”. Aunque todavía no lo podamos
ver ni proyectar, este deterioro paulatino tendrá consecuencias nefastas para
la sostenibilidad de nuestra democracia en el mediano y largo plazo si seguimos
ausentándonos de las urnas. Damos por sentado que Costa Rica es un país
democrático, desconociendo la realidad global, la latinoamericana y la
regional, que nos demuestra cómo la fragilidad del sistema permite que los
enemigos de la democracia muevan los hilos de un país para dar un giro al
sistema de gobierno. Ante esta sincera preocupación, deberíamos recapacitar
sobre el valor más importante que tiene el tico: su patriotismo cívico. Pero, ¿queda
hoy algo de virtud cívica en el costarricense?
La deconstrucción. En el año 1991, el sociólogo de la Universidad de
Virginia, James Davison Hunter publicó un libro llamado: “Culture Wars – The
Struggle to Define America”. En él señalaba que temas como el aborto, el
control de armas, el Estado laico, el matrimonio igualitario, la legalización
del consumo de drogas, etc., habían tomado el escenario de la discusión
política, haciendo a un lado los temas político-electorales tradicionales:
desarrollo humano, crecimiento económico, distribución económica, etc. Ahora, estos
nuevos parámetros definen la afiliación política basados en
las convicciones morales del ciudadano. Tal fue el impacto de esta idea,
que durante la Convención Republicana de 1992, el ex candidato presidencial Pat
Buchanan fundamentó su discurso de apoyo al candidato electo George H.W. Bush
basándose en las ideas de Davison Hunter y sentenciando que la "guerra
cultural” no solo era una realidad sino que culpaba al Partido Demócrata de
impulsar una agenda que no era política sino ideológica. El objetivo, era y sigue
siendo la deconstrucción de los valores culturales y morales de Occidente.
Esta corriente filosófica que inició a finales de los años sesentas bajo
la tutela de filósofos tales como Lyotard, Foucault y Derrida, busca derribar los
pilares de la cultura occidental judeocristiana. El fenómeno de polarización
social que viven los países incluyendo Costa Rica son muestra de este esfuerzo
intelectual e ideológico que se ha manifestado en la academia, la política y
los medios. A nivel político, basta repasar las últimas dos elecciones
presidenciales de nuestro país, que han estado enfrascadas en discusiones de
carácter moral y alejadas de los problemas estructurales que nos afectan como
nación. Pero cuidado: que esto no es solamente un fenómeno electoral. La guerra
cultural permea en todos los ámbitos y por eso a diario vemos una creciente
polarización en redes sociales, en donde se manifiesta un profundo conflicto
moral que divide a las personas en colectivos que se agrupan según sus valores:
conservadores y progresistas, ateos y creyentes, pro vida y pro aborto,
“zurdos” y “fachos”, marxistas y capitalistas, etc.
Dos retos. Este debate de “economía
versus cultura” es la realidad del siglo XXI en nuestros países. Localmente, los
diputados de oposición y el Gobierno han vivido distraídos por años y han sido
incapaces de trazar una línea clara para la atención de los verdaderos
problemas. Más aún, nuestros partidos
políticos, carentes de intelectuales y pensadores que exijan al gobierno de
turno implementar un programa de trabajo, han sido incapaces de negociar e
implementar un proyecto-país que nos dé algo de esperanza. Citando de nuevo a
Larry Diamond, la cultura política se
define como “la forma como las personas evalúan a los políticos y su propio
rol en el sistema político”. Pero acá, los ciudadanos ya no se involucran y
los partidos no son otra cosa que cascarones vacíos, maquinarias electorales de
poca monta. Por eso, el peligro en el que vivimos es latente.
Ante esta realidad, tenemos dos grandes retos: Primero, exigir a la
casta política que abra los ojos y despierte ante esta realidad de
deconstrucción cultural global que domina la discusión política de los países
de Occidente; y lo segundo, ser precavidos, ya que mientras la decepción y la
frustración social sigan avanzando, se seguirán sentando las bases para fraguar
un estado de crisis que podría llevar al ciudadano, en el mediano o largo plazo
a considerar otras opciones alternativas a la democracia liberal. A falta de 14
meses para elegir al futuro presidente de Costa Rica, el diagnóstico previo nos
desnuda. Urge iniciar un proceso electoral inteligente y transparente que permita
conocer de los partidos, sus candidatos y sus propuestas. Si no atacamos este
problema político-estructural a tiempo, el desinterés en el proceso electoral se
profundizará aún más y el ejército de compatriotas desencantados con la
política seguirá reclutando más y más ciudadanos a sus filas. Recordemos que en
las últimas elecciones, la tasa de abstencionismo alcanzó una cifra récord de
33.8%. Ya no nos podemos dar el lujo de mirar hacia otra parte.