jueves, 8 de abril de 2021

¿Está en peligro nuestra democracia?

Vivimos en un país con una realidad ‘democrática’ que no cuestionamos; y quien lo haga, será señalado como traidor a la patria. Imagino que esta reacción deriva de aquella ‘democracia rural’ que heredamos de nuestros antepasados desde el s. XVI. Para nosotros, ser ticos es ser democráticos. Como sea, sorprende que el experto en el tema de democracia Larry Diamond, muestra con cifras y ejemplos, que desde hace 15 años vivimos una tercera ola de recesión democrática, esto es, un decrecimiento a nivel global en el total de países con regímenes democráticos. Algo impensable pero real en pleno siglo XXI.

 

Y es que el mundo sigue dando tumbos y cada pueblo, región y cultura ha tenido que escarmentar en cabeza propia, con serios desatinos y hasta catástrofes a nivel económico y social, derivadas de la incapacidad del hombre para consolidar un modelo estable que proteja al ciudadano de su propia vulnerabilidad, egoísmo e incompetencia. De hecho Siria es hoy el caso vigente que confirma lo señalado.

 

Veamos también la inestabilidad democrática en Latinoamérica de los últimos 50 años, en donde dictaduras de derecha e izquierda han subido y bajado del poder, sin que podamos señalar que exista estabilidad democrática en ningún país, con las excepciones de Costa Rica y Uruguay. Por el contrario, países como Bolivia, Ecuador, México, Perú, Brasil, Argentina, Chile y Guatemala han sufrido graves momentos de inestabilidad política, muchos de ellos con profundos casos de corrupción a nivel institucional y con el riesgo siempre latente de cúpulas, élites o fuerzas militares queriendo detentar el poder. Ni hablar de Cuba, Nicaragua y Venezuela, que merecen un capítulo aparte.

 

La cultura cívica de otras latitudes. Se podría pensar que los ciudadanos de África y Oriente Medio están acostumbrados a vivir sometidos bajo regímenes autoritarios, pero no es así. Como lo señala el Asian Barometer 2014-16, los ciudadanos de países como Argelia, Irak, Jordania, Kuwait, Marruecos, Sudán, Túnez, entre otros, sí tienen una noción clara de lo que representa la democracia. Lamentablemente, estas sociedades no tienen opciones a nivel político pues el poder lo ejercen pequeñas élites corruptas. Sumado a lo anterior, la baja escolaridad y excesiva disparidad económica impiden al ciudadano común acceder a recursos, información y medios para exigir resultados diferentes a sus gobernantes.

 

El fenómeno de la Primavera Árabe, que al día de hoy sigue sin resolver las demandas de los movimientos civiles, es un fiel reflejo de que el ciudadano anhela oportunidades, libertad e independencia, pero no tiene representatividad a nivel político; y aunque en algunos países celebran votaciones, las mismas se celebran bajo regímenes híbridos denominados “autoritarismos electorales”, cuyos gobiernos violentan las normas democráticas más elementales.

 

Los valores asiáticos Con Asia nos llevamos otra sorpresa: los valores culturales de los países asiáticos son herencia taoísta, budista y confusionista, los cuales instan a los ciudadanos a ceder el poder y las libertades individuales a aquel individuo que sea leal, piadoso y digno para dirigir los destinos de la colectividad, con lo cual se dificulta cualquier intento de instaurar la democracia como modelo político. Los asiáticos rechazan el concepto de democracia pues encuentran ilógico que los ciudadanos -seres emocionales, irracionales e incapaces - sean los responsables de elegir a sus líderes. Además, consideran que la democracia incentiva las diferencias identitarias, con lo cual se promueven los conflictos étnicos, religiosos, lingüísticos y tribales. No es de extrañar que Japón sea la única nación asiática democrática mientras que las demás, viven bajo regímenes híbridos o autoritarios.

 

Y luego tenemos el caso de China, un régimen de opresión totalitarista que confunde a los más ingenuos al mostrarse ante el mundo como un modelo económico ejemplar, mientras aplasta a su población y violenta abierta y descaradamente las libertades más fundamentales del ser humano. China por sí sola representa el mayor de los peligros para las democracias occidentales, por la forma como ha venido manejando durante los últimos 20 años, los hilos de la diplomacia global, su hábil intromisión económica en Europa, Norteamérica y Latinoamérica y en especial su absoluto protagonismo dentro de los organismos internacionales, a través de los cuales ha logrado (últimamente con bastante suceso) penetrar sin dificultad por encima de la constitución política de las naciones de Occidente, hasta imponer sus ideologías.  

 

Un detalle final En nuestro caso particular, resultaría inaceptable como país, permitir a nivel diplomático y político la injerencia extranjera ya sea de naciones o de organismos que atenten contra nuestra soberanía, nuestros valores y pretendan pisotear nuestra Constitución. Dicho de otra forma, coquetear voluntariamente con fuerzas totalitaristas y ajenas a nuestra idiosincrasia y cultura de paz, jamás será una buena idea.

 

Haciendo un análisis comparativo a nivel global, Costa Rica sobresale por pertenecer a una categoría de consolidación democrática denominada “democracia liberal”. En nuestro país, el ciudadano manifiesta su autoridad a través de lo que se denomina soberanía popular, con la cual ejerce control sobre los gobernantes y su gestión (vertical accountability) para que gobiernen con efectividad. Simultáneamente el entramado institucional permite dispersar el poder, disminuye el riesgo de corrupción en la función pública y permite la competencia entre entidades e instituciones (horizontal accountability).

 

De una forma natural, el tico goza de la libertad de expresión, de prensa, de asociación, movimiento, pensamiento, credo, religión, lenguaje, e inclusive la libertad de manifestarse o protestar pacíficamente sin que por ello tenga represalias estatales ni políticas. La cultura cívica del costarricense se manifiesta a través del ciudadano que cree en la legitimidad del sistema democrático, que es leal a la Constitución Política, que conoce sus deberes y obligaciones como ciudadano, que participa del proceso electoral y respeta siempre su desenlace; que cuestiona pero respeta a la autoridad y que condena actos de intolerancia y violaciones a las normas constitucionales.

 

Solo hay un detalle: ¿realmente participa el costarricense del proceso electoral? ¿Usted qué piensa? Será tema para un futuro artículo.