Vivimos en un país con una realidad ‘democrática’ que no cuestionamos; y quien lo haga, será señalado como traidor a la patria. Imagino que esta reacción deriva de aquella ‘democracia rural’ que heredamos de nuestros antepasados desde el s. XVI. Para nosotros, ser ticos es ser democráticos. Como sea, sorprende que el experto en el tema de democracia Larry Diamond, muestra con cifras y ejemplos, que desde hace 15 años vivimos una tercera ola de recesión democrática, esto es, un decrecimiento a nivel global en el total de países con regímenes democráticos. Algo impensable pero real en pleno siglo XXI.
Y es que el mundo sigue dando tumbos y cada pueblo,
región y cultura ha tenido que escarmentar en cabeza propia, con serios
desatinos y hasta catástrofes a nivel económico y social, derivadas de la
incapacidad del hombre para consolidar un modelo estable que proteja al
ciudadano de su propia vulnerabilidad, egoísmo e incompetencia. De hecho Siria
es hoy el caso vigente que confirma lo señalado.
Veamos también la inestabilidad democrática en
Latinoamérica de los últimos 50 años, en donde dictaduras de derecha e
izquierda han subido y bajado del poder, sin que podamos señalar que exista
estabilidad democrática en ningún país, con las excepciones de Costa Rica y
Uruguay. Por el contrario, países como Bolivia, Ecuador, México, Perú, Brasil,
Argentina, Chile y Guatemala han sufrido graves momentos de inestabilidad
política, muchos de ellos con profundos casos de corrupción a nivel
institucional y con el riesgo siempre latente de cúpulas, élites o fuerzas
militares queriendo detentar el poder. Ni hablar de Cuba, Nicaragua y
Venezuela, que merecen un capítulo aparte.
La cultura cívica de otras latitudes. Se podría pensar que los ciudadanos de África y Oriente Medio están
acostumbrados a vivir sometidos bajo regímenes autoritarios, pero no es así. Como
lo señala el Asian Barometer 2014-16, los ciudadanos de países como Argelia,
Irak, Jordania, Kuwait, Marruecos, Sudán, Túnez, entre otros, sí tienen una
noción clara de lo que representa la democracia. Lamentablemente, estas sociedades
no tienen opciones a nivel político pues el poder lo ejercen pequeñas élites
corruptas. Sumado a lo anterior, la baja escolaridad y excesiva disparidad
económica impiden al ciudadano común acceder a recursos, información y medios
para exigir resultados diferentes a sus gobernantes.
El fenómeno de la Primavera Árabe, que al día de
hoy sigue sin resolver las demandas de los movimientos civiles, es un fiel
reflejo de que el ciudadano anhela oportunidades, libertad e independencia, pero
no tiene representatividad a nivel político; y aunque en algunos países
celebran votaciones, las mismas se celebran bajo regímenes híbridos denominados
“autoritarismos electorales”, cuyos gobiernos violentan las normas democráticas
más elementales.
Los valores asiáticos Con Asia nos llevamos otra sorpresa: los valores culturales de los
países asiáticos son herencia taoísta, budista y confusionista, los cuales
instan a los ciudadanos a ceder el poder y las libertades individuales a
aquel individuo que sea leal, piadoso y digno para dirigir los destinos de la
colectividad, con lo cual se dificulta cualquier intento de instaurar la democracia
como modelo político. Los asiáticos rechazan el concepto de democracia
pues encuentran ilógico que los ciudadanos -seres emocionales, irracionales e
incapaces - sean los responsables de elegir a sus líderes. Además, consideran
que la democracia incentiva las diferencias identitarias, con lo cual se
promueven los conflictos étnicos, religiosos, lingüísticos
y tribales. No es de extrañar que Japón sea la única nación asiática
democrática mientras que las demás, viven bajo regímenes híbridos o
autoritarios.
Y luego tenemos el caso de China, un régimen de
opresión totalitarista que confunde a los más ingenuos al mostrarse ante el
mundo como un modelo económico ejemplar, mientras aplasta a su población y
violenta abierta y descaradamente las libertades más fundamentales del ser
humano. China por sí sola representa el mayor de los peligros para las
democracias occidentales, por la forma como ha venido manejando durante los
últimos 20 años, los hilos de la diplomacia global, su hábil intromisión
económica en Europa, Norteamérica y Latinoamérica y en especial su absoluto protagonismo
dentro de los organismos internacionales, a través de los cuales ha logrado (últimamente
con bastante suceso) penetrar sin dificultad por encima de la constitución
política de las naciones de Occidente, hasta imponer sus ideologías.
Un detalle final En nuestro
caso particular, resultaría inaceptable como país, permitir a nivel diplomático
y político la injerencia extranjera ya sea de naciones o de organismos
que atenten contra nuestra soberanía, nuestros valores y pretendan
pisotear nuestra Constitución. Dicho de otra forma, coquetear voluntariamente
con fuerzas totalitaristas y ajenas a nuestra idiosincrasia y cultura de paz, jamás
será una buena idea.
Haciendo un análisis comparativo a nivel global, Costa
Rica sobresale por pertenecer a una categoría de consolidación democrática
denominada “democracia liberal”. En nuestro país, el ciudadano manifiesta su autoridad
a través de lo que se denomina soberanía popular, con la cual ejerce
control sobre los gobernantes y su gestión (vertical accountability)
para que gobiernen con efectividad. Simultáneamente el entramado institucional permite
dispersar el poder, disminuye el riesgo de corrupción en la función pública y
permite la competencia entre entidades e instituciones (horizontal
accountability).
De una forma natural, el tico goza de la libertad
de expresión, de prensa, de asociación, movimiento, pensamiento, credo,
religión, lenguaje, e inclusive la libertad de manifestarse o protestar
pacíficamente sin que por ello tenga represalias estatales ni políticas. La
cultura cívica del costarricense se manifiesta a través del ciudadano que cree
en la legitimidad del sistema democrático, que es leal a la Constitución
Política, que conoce sus deberes y obligaciones como ciudadano, que participa
del proceso electoral y respeta siempre su desenlace; que cuestiona pero
respeta a la autoridad y que condena actos de intolerancia y violaciones a las
normas constitucionales.
Solo hay un detalle: ¿realmente participa el costarricense
del proceso electoral? ¿Usted qué piensa? Será tema para un futuro artículo.