viernes, 5 de octubre de 2018

Nuestra crisis no es fiscal

Hace unos días escuché la historia de unos chicos en los EE.UU. que terminaron en la cárcel por posesión de drogas. A ver: iban tres en un vehículo, dos de ellos fumando marihuana mientras que el tercero no fumaba ni tampoco tenía la droga en su posesión. Pero la "mala fortuna" se les apareció cuando la policía detuvo el vehículo para una inspección de rigor.
¿Cómo podría el tercer muchacho eludir o escapar del hecho de que compartía el vehículo con amigos que sí tenían drogas en su posesión? En un país desarrollado como los EE.UU., propios y extraños saben que todo el peso de la ley (patriarcado) le caerá encima a aquel que intente violar alguna ley o irrespetar a la autoridad.
La escuela de patadas voladoras Esto lo sabemos tanto como también tenemos la capacidad de imaginar lo que me sucedería, si le lanzara piedras a los policías en -para citar tres ciudades que conozco- Paris, Chicago o Londres. ¿Saben cómo me iría? Como en piñata. Y que conste que creo que no hace falta viajar para saberlo.
Irrrespetar a las autoridades -ya sea insultando y agrediendo al presidente de la República o tirándole piedras a los policías en la UCR- denota algo más que una patología de victimización que busca redimirse atacando a quien erróneamente creemos que nos hace daño. Nuestra idiosincrasia de ser unos igualados sobrepasó el sentido común del respeto hacia los demás. Este sentido común lo perdimos de forma simultánea, mientras nos entrenábamos en el ring de las patadas voladoras, los ganchos al hígado y la intolerancia de las redes sociales. Llevamos ya una década sacando posgrado en cómo  insultar, menospreciar y denigrar a todo aquel que se oponga a nuestra forma de pensar, incluyendo policías, jueces y cualquier otro perfil que denote autoridad.
Y así, las personas justicieras que, por ejemplo, salieron a defender al pobrecitico indefenso que iba por ahí, así, casual, caminando en medio de la manifestación, al lado de los que tiraban piedras o que proferían insultos y con una evidente intención de querer agredirlos, pretendían que el policía, mientras recibía pedradas en su cabeza, pudiera discernir quién era quién para no cometer ninguna injusticia. Abramos los ojos: estas son las mismas personas que exigen que nuestras calles estén libres de delincuentes para que así podamos caminar seguros a media noche, dejando nuestras casas sin rejas y nuestros carros estacionados tranquilos - no en una cochera- sino en media calle.
Lo más grave La inconsistencia de criterios mostrada asombra pero también preocupa. Usando el ejemplo de los países desarrollados, sabemos que esto no sucede allí, porque el Estado (patriarcado) no es un padre tirano sino un padre protector y benefactor que aplica con rigurosidad la ley. El delincuente o aquel que le levante la mano al policía o al presidente sabrá a qué atenerse. Y justamente este actuar riguroso y severo de las autoridades le da a las personas (que aquí se rasgan las vestiduras para defender al pobrecitico y aquel con "derecho de manifestarse") la libertad y el gozo de caminar tranquilos a media noche, dejando el carro parqueado en media calle y teniendo sus casitas sin rejas.
Por eso lo más grave no son los sindicatos (que solo luchan por sus odiosos beneficios) ni la ideología postmodernista que pretende socavar la autoridad del Estado persuadiendo mentes con sed de revolución que -como ya lo vimos- no tienen ni un ápice de consistencia en sus cabezas para esgrimir luchas razonables. Lo más grave es que el 'portamí' lo llevamos hoy más que nunca en nuestro ADN. Lo traemos en la médula. Vemos la noticia y en vez de preocuparnos y ocuparnos, preferimos jugar de vivos pensando: "esa bronca no es mía", y nos despistamos con una irreverencia pasmosa.
Nuestra crisis no es fiscal sino ideosincrática. No es aumentando impuestos ni reduciendo el gasto como resolveremos los problemas del país. Empecemos por no faltarle el respeto a los demás.

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lunes, 1 de octubre de 2018

El mito detrás del Arcángel Miguel

"Con armadura militar, en su coraza lleva estrellas, el sol y la luna; viste un clámide (pequeña capa roja, propia de los generales en pie de lucha); en la mano derecha porta un espada flamígera, y en la izquierda una balanza; a sus pies el demonio vencido. Intercesor poderoso contra los enemigos del cuerpo y del alma.
Su significado implica protección, seguridad, poder, superación de obstáculos y la destrucción del miedo y la duda. Por eso, el arcángel Miguel inspira al ser humano a vestirse con los símbolos de su armadura. Es uno de los más invocados y su imagen es muy popular en América Latina y Europa."
Yo agrego que su mito es crucial en nuestra cultura occidental. Para empezar, hace 2,000 años los cristianos éramos analfabetas y para poder explicarles que Miguel estaba en la cima de la jerarquía entre ángeles, lo dibujaban (iconografía) con una capa roja, la misma que utilizaban los generales romanos (la misma de los guerreros espartanos). Además, por su poder y por lo que dice la Palabra en Apocalipsis, lo dibujan pisoteando al demonio.
El mito de San Jorge y el Dragón busca representar al Arcángel Miguel pero a nivel humano, pues San Jorge llega a un pueblo y encuentra a una doncella amarrada y un saco con monedas de oro. Al preguntar, los pobladores le responden que ellos se encuentran atemorizados y amedrentados por un dragón que exige doncellas y monedas de oro, o de lo contrario destruirá su reino. De esta forma, San Jorge, en su determinación por salvar a la doncella, enfrenta valiente y voluntariamente al dragón. Es decir, no espera a que éste aparezca en escena, no: va a buscarlo a su cueva en donde lo enfrenta y lo mata. 

Una de las mejores lecciones de este mito consiste en entender no solo que debemos enfrentar a lo que más tememos para convertirnos en los hombres que debemos ser. Es que para vencer al dragón yo debo ser más fiero y de algún modo más malvado que el mismo dragón. ¿Por qué? 

Hay una bienaventuranza /Mateo 5, 5) que dice que "... los mansos recibirán la tierra en herencia ". En griego, la palabra manso "praus", que significa "mezcla correcta de fuerza y reserva". Esto quiere decir que manso representa en realidad aquella persona con poder que sabe cuándo y cómo usarlo. Y además, queda claro que no es entonces una persona ni débil ni cobarde. 

Es, por tanto, nuestro deber es ser valientes y enfrentar, voluntariamente, a eso que más tememos para convertirnos (resucitar) en hombres nuevos. En este mito, por cierto el más viejo jamás escrito por la humanidad (pues trasciende culturas), el dragón representa las tres formas en que el hombre cae presa del "lado oscuro": el poder, el sexo y el dinero.  San Jorge lo enfrenta para salvar a la doncella y mata al dragón. De paso recupera el oro. 
Un dato interesante es que la doncella es hija del Rey. Pero éste, temeroso de enfrentar al dragón nos deja otra enseñanza: aquel que teme enfrentar lo que más teme, perderá lo que más ama.
Aquí confluyen Campbell y Jung pues Campbell insiste en que persigamos nuestros sueños para convertirnos en héroes; Jung señala que debemos enfrentar a lo que más tememos, para alcanzarlos.
Dato curioso: los Testigos de Jehová creen que Jesús y el Arcángel Miguel son un mismo ser.
En la Cultura Pop:
*Superman lleva capa roja por lo anteriormente señalado. Su traje es azul pues simboliza divinidad. La "S" en su pecho significa Esperanza. Él es un ser que teniendo súper poderes (Alfa) decide vivir entre nosotros como un ser humano (Omega). Reaparece a los 33 años entre nosotros, cuando consigue trabajo en el Daily Planet. En la última película "Justice League" el simbolismo de Superman se presenta y expone como nunca antes.
*Super Mario viste camisa roja y overol azul, persigue a Bowser (dragón), para salvar a Peach (doncella) mientras va recogiendo las monedas de oro en el camino.
Hoy, 29 de Setiembre, es el día de San Miguel Arcángel.