Hace unos días escuché la historia de unos chicos en los EE.UU. que terminaron en la cárcel por posesión de drogas. A ver: iban tres en un vehículo, dos de ellos fumando marihuana mientras que el tercero no fumaba ni tampoco tenía la droga en su posesión. Pero la "mala fortuna" se les apareció cuando la policía detuvo el vehículo para una inspección de rigor.
¿Cómo podría el tercer muchacho eludir o escapar del hecho de que compartía el vehículo con amigos que sí tenían drogas en su posesión? En un país desarrollado como los EE.UU., propios y extraños saben que todo el peso de la ley (patriarcado) le caerá encima a aquel que intente violar alguna ley o irrespetar a la autoridad.
La escuela de patadas voladoras Esto lo sabemos tanto como también tenemos la capacidad de imaginar lo que me sucedería, si le lanzara piedras a los policías en -para citar tres ciudades que conozco- Paris, Chicago o Londres. ¿Saben cómo me iría? Como en piñata. Y que conste que creo que no hace falta viajar para saberlo.
Irrrespetar a las autoridades -ya sea insultando y agrediendo al presidente de la República o tirándole piedras a los policías en la UCR- denota algo más que una patología de victimización que busca redimirse atacando a quien erróneamente creemos que nos hace daño. Nuestra idiosincrasia de ser unos igualados sobrepasó el sentido común del respeto hacia los demás. Este sentido común lo perdimos de forma simultánea, mientras nos entrenábamos en el ring de las patadas voladoras, los ganchos al hígado y la intolerancia de las redes sociales. Llevamos ya una década sacando posgrado en cómo insultar, menospreciar y denigrar a todo aquel que se oponga a nuestra forma de pensar, incluyendo policías, jueces y cualquier otro perfil que denote autoridad.
Y así, las personas justicieras que, por ejemplo, salieron a defender al pobrecitico indefenso que iba por ahí, así, casual, caminando en medio de la manifestación, al lado de los que tiraban piedras o que proferían insultos y con una evidente intención de querer agredirlos, pretendían que el policía, mientras recibía pedradas en su cabeza, pudiera discernir quién era quién para no cometer ninguna injusticia. Abramos los ojos: estas son las mismas personas que exigen que nuestras calles estén libres de delincuentes para que así podamos caminar seguros a media noche, dejando nuestras casas sin rejas y nuestros carros estacionados tranquilos - no en una cochera- sino en media calle.
Lo más grave La inconsistencia de criterios mostrada asombra pero también preocupa. Usando el ejemplo de los países desarrollados, sabemos que esto no sucede allí, porque el Estado (patriarcado) no es un padre tirano sino un padre protector y benefactor que aplica con rigurosidad la ley. El delincuente o aquel que le levante la mano al policía o al presidente sabrá a qué atenerse. Y justamente este actuar riguroso y severo de las autoridades le da a las personas (que aquí se rasgan las vestiduras para defender al pobrecitico y aquel con "derecho de manifestarse") la libertad y el gozo de caminar tranquilos a media noche, dejando el carro parqueado en media calle y teniendo sus casitas sin rejas.
Por eso lo más grave no son los sindicatos (que solo luchan por sus odiosos beneficios) ni la ideología postmodernista que pretende socavar la autoridad del Estado persuadiendo mentes con sed de revolución que -como ya lo vimos- no tienen ni un ápice de consistencia en sus cabezas para esgrimir luchas razonables. Lo más grave es que el 'portamí' lo llevamos hoy más que nunca en nuestro ADN. Lo traemos en la médula. Vemos la noticia y en vez de preocuparnos y ocuparnos, preferimos jugar de vivos pensando: "esa bronca no es mía", y nos despistamos con una irreverencia pasmosa.
Nuestra crisis no es fiscal sino ideosincrática. No es aumentando impuestos ni reduciendo el gasto como resolveremos los problemas del país. Empecemos por no faltarle el respeto a los demás.

