jueves, 14 de junio de 2012
Dentro de lo cotidiano
Por primera vez en 17 años trabajando en ventas, me quedé solo. Acostumbrado al apoyo y soporte de asistentes (por lo menos de una) en la oficina, me desconectaba de la responsabilidad por ver detallitos y cositas cotidianas que, precisamente por su cotidianidad, quitan mucho tiempo.
Esta semana me tocó ser víctima de la cotidianidad y no fue sino hasta hoy, Jueves-Lunes, que he empezado a retomar todo lo que tenía planeado hacer desde el viernes anterior.
Una de esas cosas era precisamente escribir.
Pero no dudo que el destino me ponga a prueba una y otra vez, como no queriendo que yo escriba. Como si pudiese yo decir algo que no supiera ya todo el mundo.
En realidad, lo que más me preocupa es que, dentro de la cotidianidad, me di cuenta que nunca había trabajado tanto como ahora, y la verdad ya me estaba empezando a acostumbrar. Pero este esfuerzo tiene un precio: el tiempo. Menos tiempo. Para todo lo demás. Y como todo lo demás es precisamente el aprovechar la vida (fuera de las horas laborales), no sé cuanto debería uno esforzarse (en el horario laboral) para no caer en la trampa y años después pagar el precio: menos tiempo.
Hay una película llamada (http://es.wikipedia.org/wiki/It%27s_a_Wonderful_Life) "It's a wonderful life", del año 1946 (post guerra, baby boom, un año antes que naciera mi papá) la cual retrata esa problemática que creo yo, enfrentamos hoy muchos hombres y mujeres en nuestras vidas. Al menos, es un testimonio de que este mundo moderno nos afecta a todos por igual y desde siempre. Queremos hacer una cosa, pero el destino nos depara otra.
Sí espero que usted comparta conmigo que independientemente del nivel socio económico que tengamos, cuando nos comparamos con los seres humanos que han vivido en el pasado, hoy por hoy, vivimos vidas extraordinarias.
Le recomiendo buscar la película. O por lo menos, lea el link. Porque el próximo comentario tratará sobre lo que ahí se dice.
viernes, 8 de junio de 2012
¿García Lorca tenía censura?
Recién comienzo esto del blog, al mismo tiempo que me lanzo al Twitter con más ímpetu que tiempo atrás. Y leyendo y buscando, sigo volviendo a las raíces y por eso vuelvo hoy al poema de García Lorca, La casada infiel.
El título, por demás sugestivo, y el poema en sí, no lo leí sino hasta diez años después de escuchar sobre él. Me divertía imitando al cómico mexicano Alejandro Suárez y su personaje Don Severo de Antañón y su hijo, el Chamaco. En un episodio (que en casa teníamos grabado en un viejo cassette de VHS), Don Severo le pide al Chamaco que recite poesía. El Chamaco, no más iniciando, se lleva el garrotazo de su sacrosanto padre, por recitar poesía inmoral. Pero como bien lo dice el Chamaco, García Lorca no tenía censura. Juzgue usted:
El título, por demás sugestivo, y el poema en sí, no lo leí sino hasta diez años después de escuchar sobre él. Me divertía imitando al cómico mexicano Alejandro Suárez y su personaje Don Severo de Antañón y su hijo, el Chamaco. En un episodio (que en casa teníamos grabado en un viejo cassette de VHS), Don Severo le pide al Chamaco que recite poesía. El Chamaco, no más iniciando, se lleva el garrotazo de su sacrosanto padre, por recitar poesía inmoral. Pero como bien lo dice el Chamaco, García Lorca no tenía censura. Juzgue usted:
Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido.
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído,
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.
*
Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo el cinturón con revólver.
Ella sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo.
La luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.
Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.
Federico García Lorca
Los hombres de antaño
Si pudiese transportarme al pasado para hablar conmigo mismo, probablemente sería precavido al aconsejarme y asesorarme. No estoy seguro de que un consejo bien intencionado pueda realmente traer una mejora sustancial en la vida tal cual la conozco.
Normalmente cuestiono todo a mi alrededor y juzgo mucho pero en silencio. Aprendí que es difícil cambiar a las personas y me duele el no tener el poder para ayudar a quien lo necesita. ¿O es que no quiero ver que sí lo tengo?
Como todo es relativo, y la relatividad va en función de cada quien, puede que para algunos, un gran esfuerzo signifique para otros, algo cotidiano. Lo cierto es que luego repasaré mi primer intento fallido de querer ayudar, con un resultado inesperado por creer en la gente de forma tan ingenua. La próxima vez que extienda mi mano para ayudar a otros a crecer, surgir o superarse, tendré menos expectativas y seré más realista. Con 40 años encima, no soy tan maduro como lo eran los hombres de antaño...
Normalmente cuestiono todo a mi alrededor y juzgo mucho pero en silencio. Aprendí que es difícil cambiar a las personas y me duele el no tener el poder para ayudar a quien lo necesita. ¿O es que no quiero ver que sí lo tengo?
Como todo es relativo, y la relatividad va en función de cada quien, puede que para algunos, un gran esfuerzo signifique para otros, algo cotidiano. Lo cierto es que luego repasaré mi primer intento fallido de querer ayudar, con un resultado inesperado por creer en la gente de forma tan ingenua. La próxima vez que extienda mi mano para ayudar a otros a crecer, surgir o superarse, tendré menos expectativas y seré más realista. Con 40 años encima, no soy tan maduro como lo eran los hombres de antaño...
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