La razón por la cual trabajo como agente de seguros es muy sencilla: mi papá también ha sido agente por muchos años. Pero pese a que muchos podrían creen que lo nuestro es un emporio, lo cierto es que mi papá era un agente sobresaliente dentro del gran grupo de agentes regulares. Dicho de otra forma, no pertenecía a un grupo selecto de agentes con jugosas comisiones, así como tampoco era un agente corriente ni mucho menos, mediocre. Así que al hacerme yo agente, no tuve más remedio que salir a la calle a prospectar, a conseguir mis propios clientes, a construir mi cartera.
En fin, lo cierto es que la profesión no es ni mejor ni peor que otras. Pero tiene ese 'algo' particular que la diferencia de otros empleos o profesiones y es el trato con las personas. Justamente por ahí me enamoré de este oficio. De niño me gustaba acompañar a mi papá cuando salía a visitar clientes, esto es, acompañarlo en su diario vivir. Me gustaba ver su relación con otras personas, el trato, la cordialidad, el respeto, el aprecio, el don de gentes. Conocer personas era para mí algo interesante y me entusiasmaba mucho. ¡Yo quería trabajar en eso!
Confieso también que derivado de lo anterior, el don de gentes, es algo que yo he valorado desde niño, desde siempre. Y tiene, para los efectos de esta historia, dos aristas:
La primera, hacia afuera: es fácil detectar quienes lo tienen y quienes no. En el colegio, por ejemplo, me disgustaba ver compañeros creerse especiales o mejores sin ninguna razón. Y escuchar, ahora viejo, que algunos de ellos siguen 'ignorando' a quienes ignoraban en aquel entonces, me parece absurdo (Ridículo es la palabra). Tenía compañeros que en cambio, sí tenían don de gentes, eran abiertos a todos y todas sin etiquetar ni juzgar. Para mí, ellos son los más valiosos.
La segunda, hacia adentro: Muchas veces me juzgan (sé que me pasa a diario) únicamente por la apariencia. Pero lo cierto es que no debería ser así. No sabemos quien tiene don de gentes hasta que no conozcamos a la persona cara a cara. De ahí que no deberíamos juzgar a nadie hasta no estar cerca de la otra persona, ojalá sentados de frente y así darnos la oportunidad para conversar al menos un instante. Estoy seguro que a usted le pasa igual que a mí: que los demás nos juzgan por cómo nos vemos, y muchos de ellos, si lo hacen con algún prejuicio o recelo de por medio, nos pondrá una etiqueta en la frente. La oportunidad de charlar corre entonces el riesgo de posponerse por siempre.
De ahí que me parezca lamentable saber que existen personas a quienes no he conocido y que me gustaría conocer, pero que nunca podré pese a puedan existir afinidades
, si ni siquiera se dan las oportunidades para hacerlo. Y es que nunca sabemos dónde encontraremos una grata conversación. Por ejemplo, me considero amigo de dos señores, uno de 76 y y otro de 74 años de edad. Con ellos disfruto de conversaciones interesantísimas. Con ambos comparto mucho, pues siento que tengo mucha afinidad en diferentes temas, pese a las diferencias de edad. Y yo celebro cada vez que comparto con ellos. ¿No sería extraordinario poder hacer crecer esa red de personas interesantes con quienes poder entablar conversaciones valiosas?
La afinidad con algunas personas merecería celebrarse, pero primero habría que conocerse. Y el solo hecho de proponerlo -el conocerse- en estos días, genera malas interpretaciones, cuando lo cierto es que esto solo denota inmadurez y falta de visión. Y lo que bien podría ayudar a enriquecer nuestras vidas, se quedará por siempre vacío.

Finalmente, he de confesar que la única razón por la que escribo todo esto, es porque desde hace algún tiempo todo me parece tan efímero, que sufro al pensar que mi vida se está yendo a una velocidad vertiginosa, por lo que que me angustia saber que pierdo el tiempo y la oportunidad de conocer, en persona, a tanta gente valiosa.