jueves, 18 de febrero de 2021

La Guerra Cultural

 

En el año 1991, el sociólogo de la Universidad de Virginia, James Davison Hunter publicó un libro llamado: “Culture Wars – The Struggle to Define America”. En él, señalaba que los temas tales como el aborto, el control de armas, el Estado laico, el matrimonio igualitario, la legalización del consumo de drogas, etc., habían tomado el escenario de las discusiones políticas, haciendo a un lado los temas tradicionales de carácter estructural. También señalaba que ya no se podrían usar los parámetros clásicos para definir las afiliaciones políticas, tales como las etnias, las religiones y las clases sociales. A partir de ahora, señalaba el autor, las mismas estarían basadas en las convicciones morales más profundas del ciudadano.

Lo esgrimido por Davison Hunter tuvo su efecto inmediato: durante la Convención Republicana de 1992, Pat Buchanan fundamentó su discurso de apoyo al candidato George H.W. Bush, basándose en argumentos tomados de este libro. Haciendo hincapié en que “la guerra cultural” era una realidad., señalaba que tanto Bill como Hillary Clinton (Bill era el candidato del Partido Demócrata), traían en sus propuestas una agenda ideológica que buscaba entre otras cosas, apoyar el aborto, los derechos de la comunidad lgbt y la discriminación hacia escuelas de corte religioso.



De lo anterior ya han transcurrido casi treinta años; y hoy más que nunca, los EE.UU. permanecen ahogados en un profundo mar de polarización cultural. Pongo el ejemplo norteamericano porque lo que me interesa es señalar que nuestro país tampoco escapa a esta realidad. Es más, desde hace al menos dos elecciones presidenciales, los costarricenses hemos vivido en carne propia esta “guerra cultural”. Por una parte, hemos visto una creciente lucha cotidiana en redes sociales en donde se manifiesta este conflicto de naturaleza moral y que polariza a nuestra población en grupos o bandos que naturalmente se van separando y agrupando según sus valores: conservadores y progresistas, ateos y creyentes, pro vida y pro aborto, “zurdos” y “fachos”, marxistas y capitalistas, etc. Y por otra parte, debemos ver lo evidente: los partidos políticos han sido incapaces de abrir los ojos ante semejante realidad fundamental y que impregna no solo la vida civil sino la discusión política. Algo imperdonable si comprendemos que esta realidad ha marcado la pauta en todos los países de Occidente desde hace al menos 20 años.

Algo aún más grave Vivimos tiempos en donde los costarricenses que creen tener una visión centrista de la política y que comulgan con los principios de la social democracia y el social cristianismo, ya no se sienten representados por ningún partido político.  ¿Por qué? El desdén y la falta de rigor han hecho que los partidos hayan perdido su estructura programática-ideológica. Este fenómeno, que se materializa desde finales del siglo XX, ha repercutido en el desinterés y el abstencionismo pues las personas no pueden votar por partidos de los cuales no conocen ni su filosofía, ni su ideología ni su razón fundacional primaria. No es de extrañar que sean incapaces de impregnar en el ciudadano, una sensación de pertenencia, o lo que es más importante, de trascendencia.

Seamos sinceros: si hace 60 años, usted se acercaba con intenciones de ser partidario y militante de partidos como Liberación Nacional o Unidad (antes Republicano), debía conocer tanto sus estatutos como la ideología política ya que esto le daba cohesión y sentido de pertenencia. Lamentablemente, como gota que orada la piedra, en los últimos 40 años, la estructura ideológica de éstos y otros partidos políticos se fue desmoronando hasta evidenciar la realidad actual, esto es, una absoluta ausencia de mentes preclaras en las posiciones de decisión y dirección.

Prueba de este vacío filosófico e intelectual se refleja en las decenas de partidos que han sido creados en este siglo 21, sin que realmente podamos señalar alguno que amerite el reconocimiento público y que tenga un norte con el cual la mayoría de los ciudadanos -que saben que el equilibrio y la sensatez emanan siempre del centro ideológico- puedan sentirse identificados.  Este problema es nefasto para las aspiraciones de cualquier partido político, sea grande o pequeño. Y lo más grave, para el mismo votante, que carece de opciones reales y convincentes.

A falta de 12 meses para elegir al futuro presidente de la República, es hora de empezar la discusión político-ideológica antes de que sea demasiado tarde. Urge que los partidos tradicionales despierten y demuestren que están haciendo una revisión de sus propuestas programáticas, empezando por los criterios más primarios y básicos de su constitución ideológica. También urge que se involucren buenas personas. Aunque en esto sí tengo mis dudas, pues como bien lo señala el filósofo coreano Byung-Chul Han, el hombre de hoy no arriesga ni en el amor ni en la política, pues no quiere herir ni ser herido. Solamente le basta un “like” para ser feliz.