En el año 1991, el sociólogo de la
Universidad de Virginia, James Davison Hunter publicó un libro llamado:
“Culture Wars – The Struggle to Define America”. En él, señalaba que los temas tales
como el aborto, el control de armas, el Estado laico, el matrimonio
igualitario, la legalización del consumo de drogas, etc., habían tomado el
escenario de las discusiones políticas, haciendo a un lado los temas
tradicionales de carácter estructural. También señalaba que ya no se podrían
usar los parámetros clásicos para definir las afiliaciones políticas, tales
como las etnias, las religiones y las clases sociales. A partir de ahora,
señalaba el autor, las mismas estarían basadas en las convicciones morales más
profundas del ciudadano.
Lo esgrimido por Davison Hunter tuvo su
efecto inmediato: durante la Convención Republicana de 1992, Pat Buchanan fundamentó
su discurso de apoyo al candidato George H.W. Bush, basándose en argumentos
tomados de este libro. Haciendo hincapié en que “la guerra cultural” era una
realidad., señalaba que tanto Bill como Hillary Clinton (Bill era el candidato
del Partido Demócrata), traían en sus propuestas una agenda ideológica que
buscaba entre otras cosas, apoyar el aborto, los derechos de la comunidad lgbt
y la discriminación hacia escuelas de corte religioso.
De lo anterior ya han transcurrido casi
treinta años; y hoy más que nunca, los EE.UU. permanecen ahogados en un profundo
mar de polarización cultural. Pongo el ejemplo norteamericano porque lo que me
interesa es señalar que nuestro país tampoco escapa a esta realidad. Es más,
desde hace al menos dos elecciones presidenciales, los costarricenses hemos vivido
en carne propia esta “guerra cultural”. Por una parte, hemos visto una
creciente lucha cotidiana en redes sociales en donde se manifiesta este
conflicto de naturaleza moral y que polariza a nuestra población en grupos o bandos
que naturalmente se van separando y agrupando según sus valores: conservadores
y progresistas, ateos y creyentes, pro vida y pro aborto, “zurdos” y “fachos”,
marxistas y capitalistas, etc. Y por otra parte, debemos ver lo evidente: los
partidos políticos han sido incapaces de abrir los ojos ante semejante realidad
fundamental y que impregna no solo la vida civil sino la discusión política.
Algo imperdonable si comprendemos que esta realidad ha marcado la pauta en
todos los países de Occidente desde hace al menos 20 años.
Algo aún más grave Vivimos tiempos en donde los costarricenses
que creen tener una visión centrista de la política y que comulgan con los
principios de la social democracia y el social cristianismo, ya no se sienten
representados por ningún partido político. ¿Por qué? El desdén y la falta de rigor han
hecho que los partidos hayan perdido su estructura programática-ideológica.
Este fenómeno, que se materializa desde finales del siglo XX, ha repercutido en
el desinterés y el abstencionismo pues las personas no pueden votar por partidos
de los cuales no conocen ni su filosofía, ni su ideología ni su razón
fundacional primaria. No es de extrañar que sean incapaces de impregnar en el ciudadano,
una sensación de pertenencia, o lo que es más importante, de trascendencia.
Seamos sinceros: si hace 60 años, usted se
acercaba con intenciones de ser partidario y militante de partidos como
Liberación Nacional o Unidad (antes Republicano), debía conocer tanto sus
estatutos como la ideología política ya que esto le daba cohesión y sentido de
pertenencia. Lamentablemente, como gota que orada la piedra, en los últimos 40
años, la estructura ideológica de éstos y otros partidos políticos se fue
desmoronando hasta evidenciar la realidad actual, esto es, una absoluta
ausencia de mentes preclaras en las posiciones de decisión y dirección.
Prueba de este vacío filosófico e intelectual
se refleja en las decenas de partidos que han sido creados en este siglo 21, sin
que realmente podamos señalar alguno que amerite el reconocimiento público y que
tenga un norte con el cual la mayoría de los ciudadanos -que saben que el
equilibrio y la sensatez emanan siempre del centro ideológico- puedan sentirse
identificados. Este problema es nefasto
para las aspiraciones de cualquier partido político, sea grande o pequeño. Y lo
más grave, para el mismo votante, que carece de opciones reales y convincentes.
A falta de 12 meses para elegir al futuro
presidente de la República, es hora de empezar la discusión político-ideológica
antes de que sea demasiado tarde. Urge que los partidos tradicionales
despierten y demuestren que están haciendo una revisión de sus propuestas programáticas,
empezando por los criterios más primarios y básicos de su constitución
ideológica. También urge que se involucren buenas personas. Aunque en esto sí
tengo mis dudas, pues como bien lo señala el filósofo coreano Byung-Chul Han,
el hombre de hoy no arriesga ni en el amor ni en la política, pues no quiere
herir ni ser herido. Solamente le basta un “like” para ser feliz.
