sábado, 25 de agosto de 2012

Le aseguro un relato de beisbol

Para la mayor parte de las personas, el viernes representa la oportunidad para quitar un poco el pie al acelerador; para disminuir las revoluciones en ese trajín diario, el cual al acumularse, representa el trabajo de toda una semana. Son los viernes, los días en que la gente se atreve a almorzar tomando un poco más de tiempo, y dándose algún gusto especial. Son los viernes los días en que la gente pide libre a sus patronos, para cumplir con alguna tarea o trámite pendiente que obligatoriamente exige a las personas abandonar sus trabajos para poder realizarlos. Son los viernes, los días preferidos para aquellos que, teniendo la oportunidad de comprar o cambiar su carro, lo hagan sin la preocupación de que al día siguiente deben ir a trabajar. Y precisamente ahí es donde yo aparezco.
Soy agente de seguros. Soy yo a quien los clientes llaman cuando están en la agencia (de vehículos nuevos o usados) o ya en sus casas, pues necesitan asegurar su carro para poder circular tranquilos, a sabiendas de que ya cuentan con todas las coberturas necesarias. 
El viernes pasado no fue la excepción. Tuve que asegurar tres vehículos nuevos. Y la logística de movilizarse de un lugar a otro, aunado a la inevitable exigencia del resto de clientes que también llamaron a la oficina para coordinar para el viernes -el día más tranquilo para ellos- algún tipo de gestión, hizo para mí, un viernes habitual, es decir, el dia más atareado de la semana.
 
Todos somos importantes Una de las mayores bendiciones de mi trabajo es conocer gente. Para mí todos los clientes son importantes y en mi oficina procuramos dar el mismo servicio siempre, sin importar su estrato social, educación, posición económica,  actividad económica, edad, género, etc., etc. Hace más de diez años perdí un gran cliente pues el nuevo gerente financiero de la empresa (dedicada a  la comercialización de sistemas informáticos a nivel mundial), me llamó para pedirme que lo visitara de inmediato. Yo estaba en casa de otro cliente, emitiendo una póliza de daños a terceros para su carro (la cual genera una comisión modesta), y le hice ver al gerente financiero que en cuanto terminara de hacer el trámite, lo visitaría de inmediato. "¿Me está diciendo que tiene clientes más importantes que nosotros?", "No señor, estoy en medio de una transacción con otro cliente. Todos mis clientes reciben de mí el mejor servicio y apenas termine aquí, le estaré visitando". La distancia entre ambos clientes era relativamente corta y en menos de una hora, pude llegar a la empresa. Pero el gerente financiero no me quiso atender. Yo ya no era el agente de seguros...
 
Los Cardenales de San Luis Volviendo al tema de lo sucedido el viernes pasado, uno de los carros nuevos fue adquirido por un cliente que conocí hace 17 años, cuando iniciaba mi trabajo como agente. Él, un médico pensionado y connotado profesor universitario, me recibió en su casa junto a su esposa. Al llegar, me recibieron calurosamente y me invitaron a sentarme en el comedor para llenar los correspondientes formularios. No había transcurrido ni un minuto desde que me senté en la silla, cuando por alguna razón saltó el tema del beisbol. (Aprovecho el paréntesis para comentarle a usted, querido lector, que mi papá jugó algunos años como lanzador en un equipo de beisbol de primera división y por eso, desde niño tuve manilla -guante- y los domingos mi papá me llevaba a la Sabana a 'hacer pases' y practicar bateo con algunos de sus lanzamientos. Yo siempre seguía con atención los juegos de playoff y Serie Mundial que se transmitían en aquellos años en televisión nacional. Aficionado desde siempre a los Cardenales de San Luis, actualmente sigo con atención a mi equipo en Grandes Ligas, y con emoción viví la última Serie Mundial, pues ellos son los actuales campeones).
El doctor, al darse cuenta de mi afición por el deporte, hizo gala de su conocimiento y empezó a comentarme cosas que yo desconocía y que demostraban, no solo que él también era un gran aficionado: su pasión por el deporte lo llevaría a comentarme algo sorprendente que quiero compartir con usted.
 
Los Yankees de 1961 Primero, me mostró una bola de colección que consiguió en la fábrica de la empresa Rawlings en Turrialba. (Rawlings es la marca oficial de bolas de beisbol con que se juega en las Grandes Ligas). Es de colección pues corresponde a la Serie Mundial de  1994, la cual no se realizó pues hubo una huelga de beisbolistas, y por tanto, las bolas, pese a estar listas, nunca volaron a los EE.UU.
Luego, me dijo que tenía entre sus muchos 'souvenirs', una bola especial: una bola firmada por los Yankees de 1961. "¿Cómo hizo para conseguirla?". De inmediato me comentó que justo cuando iba ingresando al Yankee Stadium (se imaginarán mi asombro, cuando dijo ésto), vio que muy cerca estaba Héctor López, jugador panameño, y a la sazón, el jardinero izquierdo de los Yankees (al lado, nada menos que de Mickey Mantle, Yogi Berra y Roger Maris). El doctor le llamó por su nombre y Héctor, sorprendido por escuchar que alguien le hablaba en español, se puso a conversar con él. Así, tuvo la oportunidad de ver de cerca a algunos de los jugadores más famosos del equipo -y la historia del beisbol-, incluyendo al mismísimo Joe di Maggio  (¡se les acercó a saludar!) y Johnny Sain. El doctor me comentó que Sain era en ese momento coach de lanzadores de los Yankees y que era famoso no solo por haber sido el último lanzador que enfrentó a Babe Ruth y el primero en lanzarle a Jackie Robinson: junto con otro lanzador, Warren Sphan, lideró a los Bravos de Boston al banderín de 1948. Por ser reconocidos como un dueto temible, se les recuerda con la frase: "Sphan and Sain, and pray for rain".
Esa tarde, hace 51 años, el doctor logró que varios jugadores le regalaran una bola autografiada; y sentado cerca de la tercera base, disfrutó de un juego de pelota, con algunos de los mejores jugadores de la historia.
 
Aquí, la bola de la Serie Mundial de 1994 que nunca jugó...