miércoles, 25 de julio de 2012

Mi corazón se bate entre curvas y Cartujos

Hoy que celebramos la Anexión del partido de Nicoya, recordamos (o al menos yo...espero no ser el único) a las bellas mujeres que nos ha deparado la pampa guanacasteca. Me refiero a esas mujeres morenas, de anchas caderas, que al caminar disparan la imaginación de cualquiera; mujeres hermosas que -a diferencia de las 'modelos de moda', muy delgadas para mi gusto- son voluptuosas, deliciosas, mujeres como son la mayoría. Y claro, no me tomen a mal, estos son mis gustos y lo digo sin tapujos.

Porque si algo aprende uno con los años es a valorar no solo a la mujer por todas las cualidades inherentes a ellas que ya todos conocemos (entrega y esfuerzo por sacar una familia adelante, sacrificio, previsión en las cosas del hogar, visión a futuro sobre lo que se quiere para los niños y para sí mismas, fidelidad, maternidad, sensualidad, dulzura); he desarrollado el gusto por las mujeres guapas, con cuerpo de mujer madura, de anchas caderas y culos frondosos y bondadosos, como las esculturas que hacen en madera; con una voluptuosidad que hacen desmayar al más macho; con curvas que hacen despistar al chofer más concentrado; de líneas tan imposibles que uno se pregunta cómo es que esos cuerpos tan despampanantes se pueden sostener en el frágil esqueleto humano.

Uno, hombre, tan corriente, tan tosco, tan sin gracia, ni se mira al espejo. Yo ni siquiera me veo la cara cuando me rasuro. Pero enamorado como estoy de mi esposa, a ella sí la veo cuando va de un lado para otro, sea en los quehaceres cotidianos, sea cuando trabaja, o cuando salimos o cuando estamos con los niños. Instintivamente reacciono con el solo hecho de sentirla pasar a mi lado y la veo de arriba abajo, como imagino hace todo hombre que comparte su vida con una mujer. Digo instintivamente pues las curvas que yo no tengo, las tiene ella y me encantan y me atraen.

Y así, mantengo un equilibrio en mi vida pues si el bamboleo de una mujer al caminar me quita la respiración, cuando menos lo espero, recuerdo a los monjes que dieron la espalda al mundo para dedicarse, en el silencio de la orden de san Bruno, a seguir los pasos de Jesús. Y es cuando me doy cuenta que mi corazón se bate entre curvas y Cartujos. Al final, para todo hay un tiempo, y así como existe un espacio para la oración y la meditación, también hay un tiempo para admirar a las mujeres hermosas que nos ha deparado este país.