No sé si tiene que ver con la edad, o con las experiencias o un sinfín de cosas que en este momento ni se me ocurren.
Pero lo cierto es que ya no sonrío como antes.
Dicho de otra forma, cosas que antes me hacían sonreír, lo siguen haciendo, solo que sonrío por dentro, ya no por fuera.
Y ahora me contengo en hablar. Callo.
Quisiera decir que tiene que ver con madurez. Pero no estoy seguro.
Quizá la prudencia y el silencio se han apoderado un poco de mí. Lo cual de ningún modo me preocupa.
Es más: diría que por primera vez ingreso en el sendero por el cual debí caminar hace algún tiempo, cuando la razón me decía que debía callar muchas cosas, y en cambio meditar sobre otras. Quizá sea eso.
¿Será un primer paso hacia un nivel de madurez más acorde con las experiencias?
Más de uno -de quienes me conocen realmente- diría que ya iba siendo hora. De niño, y sobre todo de adolescente, me metí en problemas por no mantener mi boca bien cerrada.
Dice Anselm Grüm, en su libro "Elogio al silencio", que pese a que exteriormente guardamos silencio, interiormente hablamos sin parar: "en nosotros hablan los impulsos insatisfechos, las necesidades no atendidas; en nosotros hablan las emociones y los estados de ánimo que no han alcanzado el equilibrio; y en nosotros hablan también la vanidad y la ambición. El silencio exterior no nos dice si hemos aprendido a guardar silencio interiormente...y lo que cuenta es ese silencio interior".
Creo que en esto debo trabajar mucho.
En el silencio interior.