Leí
con interés un artículo llamado “Politics makes us worse” (La política nos
empeora) de Aaron Ross Powell y Trevor
Burrus, en donde se señalan algunas de las razones por las cuales la política
nos convierte en personas odiosas y rencorosas; y ellos mismos, los políticos,
terminan siendo víctimas de su propio oficio. Los políticos ejercen una dosis
de manipulación que involucra directamente al ciudadano y que de forma sutil
nos lleva a asumir posiciones y juicios irracionales. En la mayoría de los
casos los políticos hacen un constante llamado a sus seguidores a rechazar al
rival, por el solo hecho de serlo, con tal de no darle ninguna oportunidad, por
buenas que sean sus ideas.
Buscando
manipular a sus seguidores y a la misma opinión pública, nos incitan a que pensemos
y actuemos de una forma específica, lo cual, si se mira bien, resulta
desconcertante, pues asumiendo que ellos son personas virtuosas y ejemplares – y
por esta razón los elegimos para que dirijan nuestros destinos- hay una
contradicción absoluta con el ideal que representan y aquello que nos
incentivan a hacer. Señalan los autores del artículo, que luego de un proceso
político, usted, como participante activo –léase votante- tiene una de dos
opciones: o gana, o pierde. Si gana, probablemente piense que las cosas
mejorarán. Pero si pierde, no solo se esfumarán sus esperanzas de las cosas
mejorarían. La derrota hará que muchos piensen lo peor, y empiecen a crear
problemas que antes no existían, proyectando con mayor gravedad las terribles
consecuencias de que sean los ‘otros’ quienes ahora decidan por ‘nosotros’.
El ejemplo
norteamericano
Como lo señalan Powell y Burrus, el apoyo a ‘X’ o ‘Y’ candidato, ideología o
partido, nos pone a pensar en blanco y negro. Utilizando el ejemplo
norteamericano, los autores comentan que los republicanos pertenecen al partido
“no regulación, odio al medio ambiente,
odio a los pobres” mientras que los demócratas son del partido “socialista, gobierno-niñera, odio a los
ricos”. Esto ayudó a que en las pasadas elecciones se profundizaran aún más
las diferencias. Dado que las discusiones políticas están moralmente afectadas, las rivalidades se incrementan. Ya nuestro
rival no lo es únicamente, sino que además, representa lo malo en el mundo. En
el ejemplo, pese a que las ideas de ambos partidos podían ser lógicas y
razonables, al agregar el elemento ‘política’ a la fórmula, la gente, al
opinar, asumía la nociva posición del “nosotros
queremos salvar al país y aquellos quieren destruirlo”.
Las
agrupaciones políticas
Los psicólogos consideran que una fuerte identificación de las personas con una
agrupación -especialmente si es de carácter político- deriva en errores
sistemáticos en la forma de pensar. Mientras juzgamos con bajos estándares de
competencia a nuestros compañeros, a los ‘otros’ los juzgamos como mentirosos y
sin virtud alguna. Lo anterior nos afecta tremendamente, pues debilitamos
nuestra propia capacidad de juicio sobre lo que nos rodea. Opinamos con una
alta dosis de prejuicio sobre lo que
nuestros rivales plantean. ¿Y para qué molestarse en opinar? El artículo señala
que aquí entra juego el civismo de las personas. Sin importar ideologías (izquierda, centro o derecha), todos nos
sentimos impulsados a participar para ejercer nuestros derechos como
ciudadanos. Un derecho que consideramos esencial y que nos da valor.
El tico y su civismo Cité dicho artículo porque
pese a que lleva mucho de razón, en Costa Rica creo que hemos trascendido lo
que en él se señala. Hemos superado, como ciudadanos, las rivalidades partidarias y lo hemos
canjeado por un rechazo generalizado hacia el político como tal. Ya no ‘comemos
cuento’ tan fácilmente y estamos entrando en una etapa de madurez cívica que
debería derivar en una generación de hombres y mujeres más preparados para
llevar las riendas políticas del país de una forma más abierta, transparente y
efectiva.
Hace
falta modificar los procesos de elección de representantes y analizar bien los
atestados de todo participante. Simultáneamente mejorar el salario de los
diputados y ministros para atraer gente capaz. Gente, tal vez menos política
pero sí mejor preparada que pueda dar a cada puesto una alta dosis de
profesionalismo y proyección de crecimiento. Exijamos que esto se haga ya. Hoy
mismo. No para que quienes ejercen los puestos actuales ganen más dinero. Sino
para que quienes participen en el proceso electoral venidero, tengan las reglas
del juego político bien claras. Y para que todo aquel tico que crea que puede
aportar su capacidad y su granito de arena, no dude en participar.
De
lo contrario, las elecciones del 2014 serán el inicio del fin.
