Decir que el concierto de Paul fue buenísimo y dejarlo ahí es demasiado obvio, sencillo; es en esencia no entender quién es él, qué representa, cuanto aporta a nuestras vidas y en fin, cuanto vale como persona.
Ir al concierto, fue para todos, un sacrificio económico, no importa si se cuenta o no con los recursos para hacerlo. Pero para quien es un fan, es sobre todo un tema de costo de oportunidad. Es, poner en la balanza mi ego: qué gano al asistir; qué pierdo si no lo hago. Y en ese sentido creo que son pocos los asistentes que deciden asistir solo porque es un gran concierto o porque en su círculo social es bien visto que lo haga. Es, como ya lo dije, una ecuación en donde el fan sabe que la experiencia vivida se valorará, no ahora, sino por siempre; que los momentos de esta noche los llevará siempre en su retina; que sus canciones favoritas -las clásicas, las que siempre han estado allí para darle consejo o sentido a las cosas cotidianas o simplemente alegría cuando las recuerda, las que le han acompañado toda su vida- las escuchó interpretar en vivo por su creador.
Y es que ver a Paul, de 71 años, no hacer una pausa en 3 horas; coquetear con el público a cada momento; encantar, no ya con su música sino con su carisma; decir frases ticas como "pura vida", "mae", "tafies", "chivísima"; ondear el Pabellón Nacional; acompañar con su guitarra electrónica el grito ensordecedor del ¡OE OE OE OE! TICOS! TICOS!; en fin, verlo hacer un derroche de energía sin perder nunca el hilo musical, ni la conducción profesional del espectáculo, ni la gracia, ni la atención de un estadio que se llenó - más de lo que se pensaba- consiguiendo que jóvenes y no tan jóvenes sintieran que las casi tres horas de concierto literalmente volaran, es sencillamente asombroso.
¿Y qué sentido tiene, para Paul, todo este sacrificio? Todos sabemos que no lo hace para tener dinero, no lo hace para tener fama, no lo hace para vender discos o promocionar su banda musical. No y no.
Paul entendió que el amor, como él mismo canta y dice en la última frase del concierto ("...in the end, the love you take, is equal to the love you make") es una relación recíproca que alimenta y nutre el espíritu; que su alegría personal es entregarse musicalmente a sus fans, en una relación recíproca, porque esa es su esencia. Siempre lo ha sido. No perdamos de vista que él es el músico más viejo que aún vive (por viejo me refiero a que, para citar a alguien más viejo que él, tendríamos que escuchar en vivo a Elvis Presley) que hace giras para regalarnos su música ; el más viejo, porque él es el Paul que revolucionó el pop, el rock, la música, el mundo, con sus canciones, con sus modas, y no de forma pasajera, sino de forma perenne; él es el muchacho que revolucionó el planeta de una forma globalizada, hace 50 años, 40 años antes de que los gurús de la economía pusieran de moda la palabrita 'global'; Paul viejo nos regala al Paul joven, ese que vivió en Hamburgo y que luego tocó en La Caverna, que siempre llevó el pelo largo -anoche era el adulto mayor con el pelo más largo que cualquiera de los asistentes contemporáneos- y que siempre lleva encima su cara de muchacho ingenuo.
Por eso el concierto era imperdible: Paul, como ya vimos, no canta por las razones equivocadas. Paul canta porque al poner un pie en el escenario, se transforma en el Paul de 23 años; se transforma y vive en carne propia la emoción de presenciar en primera fila la euforia del público que le clama su talento, su música, su amor. Sí. Porque no hay otra forma de explicar el éxito de Paul, si no es vinculando sus canciones con amor, ese que le ha hecho escribir obras maestras pese a nunca haber tenido preparación musical alguna. Porque sus canciones -letra y música- nunca salieron de la academia, siempre salieron de su corazón.
Mi hermano, fan hasta la médula, me dio el setlist hace dos semanas (las 40 canciones con sus letras), y en casa, mi hijo y yo nos preparamos a conciencia. Personalmente viví un concierto impecable. Porque asistimos en familia -mi hermano con su famila, yo con la mía y mis papás también- y porque entiendo, ahora más que nunca, que la vida se enriquece de experiencias como ésta, una que nos hará sonreir cada vez que recordemos la noche en que ese muchacho revolucionario de Liverpool nos vino a cantar al país. Y ese momento, en que, siendo primero de mayo, un beetle se acercó para conocer al Beatle...